miércoles, 22 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 24

No importaba. Jamás las vería. Pedro no se rendiría ante el infierno que lo atenazaba. Entró en la biblioteca y se puso a encender la chimenea para tener algo que hacer en vez de pensar en la señorita Chaves. Cuando terminó de encender el fuego, se dirigió hacia la ventana y contempló el mar. Entonces, vió su propio reflejo en el cristal de la ventana. Levantó la mano y se tocó los feos bordes de la cicatriz del rostro. Unas cicatrices que habían asqueado a Karina y que habían hecho que más de un conocido apartara la mirada. Paula no lo había hecho. Ni siquiera se había inmutado. A él tampoco se le había pasado por alto el reflejo del deseo en los ojos de ella. ¿Qué haría Paula si conociera hasta dónde llevaba su propio deseo? Sentía una necesidad casi animal por poseer su cuerpo, una necesidad que había estado bullendo bajo la superficie de su piel desde que la vio por primera vez en Londres. La señorita Chaves no tenía nada que temer de sus cicatrices. Lo que debería aterrorizarla por completo era el frío y oscuro canalla que acechaba dentro de él.



Paula se despertó al sentir el ligero brillo que provenía desde detrás de las cortinas. Permaneció inmóvil bajo la colcha, gozando con el tacto de la seda auténtica contra su piel. La noche anterior, cuando entró en aquella alcoba, fue como hacerlo en un cuento de hadas. Suelos de madera, antigüedades, pinturas que adornaban las paredes… Y la cama. La gloriosa cama con dosel que contaba con cortinas de verdad que se recogían en las esquinas con cordones dorados. El número de almohadones era digno de una princesa. Perfecta. La había ayudado a deshacerse de la tensión que había sentido en el pecho desde que dejó caer el expediente sobre la mesa antes de abandonar el château. También había supuesto un bálsamo muy necesario para el caos que se había adueñado de ella en poco más de una hora. Había perdido el control y había insultado al cliente más importante para el que había trabajado. Entonces, cuando había estado a punto de alcanzar la libertad, un roble estuvo a punto de aplastarla… Y el hombre al que había ofendido instantes antes fue el que acudió en su rescate. Se cubrió el rostro con una de las almohadas y gruñó. Sí. Había resultado aterrador darse cuenta de lo cerca que había estado de resultar herida o incluso muerta. Sin embargo, lo que más la turbaba era la reacción que había tenido ante la inesperada valentía de Pedro. Había pasado de ser un canalla egoísta a héroe en cuestión de segundos. Aquello la había dejado muy confundida. 

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