—Si no quiere el dinero, necesito que me firme un documento diferente en el que renuncia a todos sus derechos sobre la herencia.
La sorpresa se reflejó en el rostro de Pedro. ¿Acaso había esperado que ella saliera corriendo y gritando?
—¿Acaso no me ha escuchado, señorita Chaves? No voy a firmar. Nada.
Paula se acercó al pie de la escalera y lo miró. Alfonso estaba algunos escalones por encima de ella. La luz de la enorme lámpara hacía destacar la piel perfecta y cálida de lado derecho de su rostro hasta llegar a la afilada línea de la mandíbula. El cabello castaño claro, espeso y ligeramente revuelto, le caía sobre la ancha frente. La ira que ella había estado sintiendo desapareció de repente. Era más cruel aún que el destino lo hubiera dejado con la mitad de su rostro intacto, un recordatorio constante de quien había sido. Las miradas de ambos se cruzaron. Sintió que el corazón le latía con fuerza en el pecho. El calor regresó de nuevo, extendiéndose por su cuerpo, drogándola de deseo y haciendo que las extremidades le pesaran enormemente. Parpadeó y dio un paso atrás para tratar de recuperar la compostura y su profesionalidad. La cicatriz junto a la boca de Pedro se torció cuando sus labios se curvaron para esbozar una sonrisa burlona.
—¿Qué le parezco, señorita Chaves? —le preguntó. Bajó unos escalones más, hasta que quedó tan solo uno por encima de Paula—. ¿Un canalla mimado que tiene lo que se merecía? O tal vez algo más sencillo, como un monstruo.
Aquella última palabra, hizo reaccionar a Paula. Lo miró de arriba abajo, se fijó en los fuertes músculos del cuello, en cómo la tensión de la mandíbula retorcía las cicatrices. Detrás del brillo de desdén que relucía en sus ojos había dolor… un profundo y horrible dolor.
—No. Solo me parece un hombre que está sufriendo mucho.
El rostro de Pedro reflejó una expresión de desprecio que estuvo a punto de conseguir que ella se sintiera insignificante. La miraba fijamente, con la respiración acelerada y el pulso latiéndole con fuerza en la garganta. Paula casi podía sentir los latidos de su corazón, la angustia que lo atenazaba. Observó el hermoso rostro y sintió que la respiración se le cortaba al sentir cómo Alfonso la atrapaba con su mirada.
—He dicho que no. No voy a firmar.
Durante un instante, Paula se limitó a mirarlo. Por fin, asimiló aquellas últimas palabras y reaccionó. Sintió que la furia volvía a apoderarse de ella al comprender que no tenía esperanza alguna de mantener su trabajo.
—Siento curiosidad por saber cómo se las apañaría un hombre al que se le ha entregado todo en bandeja de plata para echar a la calle a una mera mortal como yo, pero en realidad ya no me importa. He recorrido cientos de kilómetros, he aguantado la lluvia y he discutido con sus empleados de todo el mundo solo para conseguir una firma. Pero ya me he cansado.
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