Paula inclinó la cabeza, pero no pudo distinguir ningún rasgo. Había escuchado muchos rumores sobre las cicatrices que cubrían el rostro de Pedro Alfonso. La curiosidad se apoderó de ella, pero decidió no ceder a sus impulsos. Las cicatrices de Alfonso no eran asunto suyo.
—La puerta estaba abierta.
—Es decir, ha entrado sin permiso —replicó él apretando la balaustrada con una mano.
—Señor, necesito que…
—No —la interrumpió él, bajando el primero de los escalones. Las sombras se desplazaron un poco, pero siguieron ocultándole el pecho y el rostro—. Lo que debería hacer, señorita Chaves, es marcharse antes de que llame a Nettleton & Thompson y les exija que la despidan.
—¿Por qué? —le espetó ella.
Sabía que, muy probablemente, Alfonso era muy capaz de hacer exactamente lo que acababa de decir. El hecho de que el señor Nettleton accediera inmediatamente a sus exigencias la enfureció. Paula se había esforzado mucho para llegar hasta allí. Había tratado de ser amable, paciente. Sin embargo, aquel hombre, que tenía el mundo a sus pies, no había hecho más que ponerle obstáculos desde el principio. La determinación le dio fuerza para seguir hablando.
—¿Por hacer mi trabajo? —añadió—. ¿Por intentar localizarle para hablar con usted en dos países diferentes?
—Si ir en contra de los deseos de sus clientes y acosarlos incesantemente es lo que usted considera su trabajo, creo que haré que sea otro bufete el que se ocupe de mis asuntos.
La indefensión era un sentimiento muy incómodo. La indefensión acompañada de la ira era incluso más desagradable. Paula sintió que las palabras se agolpaban en su garganta y trató de contenerlas. Entonces, decidió que ya no le importaba. Si, tal y como parecía, aquel iba a ser el final de su carrera en Nettleton & Thompson, dado que parecía inevitable hiciera lo que hiciera, decidió que era mejor marcharse cubierta de gloria y dejar que aquel playboy maleducado fuera consciente del daño que había causado.
—Hasta que usted firme este contrato, mi cliente es su padre, o más bien, sus propiedades —dijo. Metió la mano en su bolso y sacó un grueso montón de papeles—. Dado que no lo ha firmado, me importa un bledo a quién le confíe sus asuntos. De hecho, preferiría que no siguiera siendo cliente de Nettleton & Thompson ya que no ha sido usted más que un grano en el trasero.
El silencio fue ensordecedor. Paula tan solo podía escuchar los furiosos latidos de su corazón. Entonces, Alfonso habló. Por el tono de su voz, parecía que el comentario de ella le había hecho cierta gracia.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿Y si la despiden?
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