Desgraciadamente, todas las propiedades que poseía fuera de Inglaterra distaban mucho de ser tranquilas. Un ático en la ciudad de Nueva York. Una casa en la playa en California. Y un departamento en Tokio, que había adquirido semanas antes del accidente. Lujoso, caro y rodeado de gente. Se detuvo en lo alto de las escaleras y miró los suntuosos muebles que decoraban la planta inferior. Al pensar en la casa de la playa había recordado otra playa, una que no había visitado hacía más de trece años. Sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho, pero decidió dejar a un lado las emociones y centrarse en el lado más práctico. Estaba ciertamente muy aislada y era poco probable que allí atrajera la atención de nadie. Una agradable sensación de alivio relajó su cuerpo. Se había jurado repetidamente que jamás regresaría a las costas de Normandía, al château al que su madre se había dedicado en cuerpo y alma antes de su muerte. No solo sería el lugar perfecto en el que ocultarse, sino que también sería su castigo. Entró en el dormitorio y se desnudó con movimientos bruscos, que le provocaron un fuerte dolor en el brazo y la pierna izquierdos. A pesar de todo, ignoró los analgésicos que tenía en la mesilla de noche. Entonces, se metió en la cama, cerró los ojos y se quedó dormido. Durmió intranquilo, atormentado por las pesadillas en las que revivía claramente el sonido de los cristales rotos, el de los neumáticos chirriando sobre el asfalto y el color amarillo chillón de un paraguas que se abría paso entre el caos.
Una semana más tarde…
Unos imponentes robles blancos alineaban el camino. Sus espesas ramas creaban una cúpula tan frondosa que solo unos pequeños rayos de sol llegaban al suelo. Sin embargo, en esos pequeños bolsillos de sol, el suelo blanquecino relucía en todo su esplendor. Paula Chaves contemplaba el hermoso paisaje, con el maletín en una mano y el paraguas en la otra. Más allá de los árboles, habría una verja y, al otro lado de esta, estaría el castillo. «Castillo no», se corrigió mentalmente. «Château». Se lo había dicho Alfredo, el amable anciano que la había llevado hasta allí desde el pueblo. Durante el trayecto, le había contado todo lo que sabía sobre el Château du Bellerose mientras su destartalada camioneta avanzaba por el camino de tierra. El puente de piedra que la separaba de los árboles conectaba el château al resto del mundo. Un río recorría la profunda garganta y cortaba la llanura sobre la que la imponente casona había sido construida. El puente era el único acceso y había tenido un papel fundamental a la hora de defender la casona en los primeros años tras su construcción. Una casona que, en aquellos momentos, ofrecía refugio a un multimillonario muy testarudo y grosero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario