Luis se dió la vuelta y guio a la señorita Chaves a la puerta, donde estaban esperando dos guardias de seguridad. Pedro vió por fin a la tenaz abogada. Los rizos fueron la primera impresión que tuvo. Una tumultuosa cascada de rizos le caía por los hombros y por la espalda. Llevaba una gabardina color café que le llegaba por debajo de las rodillas y unas botas de lluvia azules.
—Sí. El señor Alfonso no desea verla.
—Pero si no me recibe, corre el riesgo de…
—Le sugiero que llame a su secretaria.
—Ya lo he hecho. Muchas veces. También he ido a las oficinas de Liverpool, Portsmouth, Southampton…
Como si la señorita Chaves sintiera la presencia de Pedro, se dió la vuelta de repente y levantó los ojos. Las miradas de ambos se cruzaron. Ella lo observó fijamente a pesar de que Luis seguía empujándola hacia la puerta. Una corriente de sentimientos los unió a ambos. Era la anticipación de dos adversarios que, por fin, se encuentran cara a cara. Sin embargo, había algo más, algo más profundo que se entrelazaba entre ellos y añadía un oscuro poder hipnótico. Justo entonces, Pedro sintió que el deseo se apoderaba de él. Su pensamiento recreó vivas imágenes, pensamientos carnales en los que un esbelto cuerpo se arqueaba bajo el suyo mientras él introducía los dedos en aquellos rizos y besaba la delicada garganta… Atónito, se agarró con fuerza a la balaustrada. Asió el mármol con tanta fuerza que podría haber dejado marcas en la pulida piedra.
—¿Señor Alfonso?
Pedro sintió que se le hacía un nudo en el pecho, pero se obligó a permanecer inmóvil. Estaba entre las sombras y ella no podía verlo con claridad. Él tampoco podía distinguir ningún rasgo concreto, a excepción del rostro ovalado y enmarcado por aquellos rizos desafiantes. Sin embargo, aquello no impidió que la voz le llegara hasta lo más profundo de su ser, envolviéndole los tensos nervios y animándolo a permanecer allí un momento más para poder mirar a placer a la mujer que había encendido su cuerpo.
—Señor Alfonso, se lo ruego. Necesito hablar con usted sobre su herencia.
La última palabra lo sacó de su ensoñación. El frío le heló las venas y apretó los puños con fuerza. Entonces, se dió la vuelta y regresó a su suite, ignorando por completo el sonido de la voz de aquella mujer, que se iba desvaneciendo a cada paso que daba. Poco a poco, fue rearmando su autocontrol. Si antes Paula Chaves le había parecido un mero inconveniente, en aquellos momentos la veía bajo una luz muy diferente. En un abrir y cerrar de ojos, el deseo se había adueñado de la situación con una ferocidad que Pedro jamás había experimentado antes. El hecho de que solo el sonido de su voz lo empujara a regresar a la escalera para observar de nuevo su rostro iba más allá de sus anteriores hazañas amorosas y era una señal de advertencia que no podía permitirse ignorar.
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