miércoles, 22 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 22

 —Señorita Chaves, tenemos que volver a la casa —le dijo—. No voy a permitir que se marche sola en medio de esta tormenta. Podría caerse por un barranco o contraer una neumonía.


—¿De verdad cree que hay posibilidad de que ocurra eso o son fantasías suyas?


—La única fantasía que tengo es poder estar a resguardo, seco, sin pasar frío y sin tener que preocuparme de si anda usted perdida por ahí o ha terminado debajo de otro árbol caído.


Pedro la animó a echar a andar y comenzó a dirigirse hacia la casa. Paula lo siguió, tratando de mantenerse al lado de él. Por fin, la mansión apareció frente a ellos. Las lámparas de la fachada principal se habían encendido debido a la oscuridad causada por la tormenta. Subieron rápidamente las escaleras y entraron en el vestíbulo. Él cerró la puerta. Inmediatamente, se dió cuenta de que estaba atrapado en un infierno que él mismo había creado. Paula estaba allí, completamente empapada. Llevaba prendida una hoja de uno de sus hermosos rizos y tenía las piernas manchadas de barro. Ella lo miraba con una intensa desaprobación. Tenía los labios fruncidos como si estuviera tratando de contener una retahíla de insultos. Sintió que jamás había deseado a una mujer como lo hacía en aquel momento. Una mujer que lo había hechizado solo con el sonido de su voz y su fiera tenacidad contra la adversidad. Una adversidad que él había creado para mantenerla a raya a ella y todo lo que representaba. En vez de rendirse, ella se había erguido contra él y le había dicho exactamente lo que pensaba de su actitud. No quería sentirse atraído por ella. No quería admirarla ni imaginarse quitándole aquel abrigo para conducirla a la lujosa ducha que tenía en su dormitorio, dejando un rastro de prendas mojadas por el camino para luego colocarla bajo el agua caliente y… «¡Para!». No podía dejarse llevar por aquellos pensamientos si no quería que la situación fuera más difícil. En realidad, la coyuntura en la que se encontraban era bastante complicada ya. Por lo que había podido ver, el árbol había caído sobre el puente, algo que confirmaría más tarde, cuando la tormenta hubiera cesado. Si eso era cierto, significaba que los dos estaban aislados en el château hasta la semana siguiente, cuando Marta, el ama de llaves, y su esposo se acercaran desde el pueblo para llevarle comida y limpiar. Sintió que se le formaba un terrible dolor de cabeza. Recordó que Marta le había informado que el château no tenía Internet y que la cobertura telefónica era muy poco fiable. Pedro le había contestado que aquellos inconvenientes encajarían perfectamente con el aislamiento que él buscaba. No había contado con compartir aquel aislamiento con una mujer tan tentadora… 

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