miércoles, 15 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 13

Sin embargo, a pesar de su predilección por los lujos obscenos, también tenía la rara costumbre de presentarse en su despacho para trabajar. La división de Alfonso Shipping en Gran Bretaña había llegado hasta lo más alto bajo su mandato. Jugaba duro, sí, pero trabajaba con el mismo empeño. Al menos así había sido hasta que un conductor borracho se empotró con el Lamborghini de Pedro. En el accidente, él sufrió heridas muy graves que le dejaron numerosas cicatrices y su padre resultó muerto. Algunas personas afirmaban que un buen cirujano plástico se aseguraría de que solo se apreciaran unas minúsculas marcas. Otros elucubraban que la razón por la que Pedro se había tomado un año de baja era porque le daba vergüenza mostrar su rostro en público.


La entrevista que Karina Dupree, su exnovia, había dado hacía menos de dos semanas ciertamente no había ayudado aplacar esos rumores. Fuera lo que fuera lo que había ocurrido, Pedro Alfonso había abandonado su vida de vicio y hedonismo por el aislamiento. Paula sentía pena por él. Había experimentado un sentimiento de pérdida similar cuando leyó sobre el accidente y vió las fotografías del vehículo siniestrado en medio de la carretera. Sin embargo, aunque Pedro ya no se dejara llevar por sus deseos más decadentes, sus decisiones seguían siendo egoístas. Aquellas decisiones habían convertido la vida de Paula en un infierno, en parte por las amenazas veladas del señor Nettleton sobre su futuro en la firma y por la vergüenza que sufrió cuando la echaron sin miramientos del Diamond Club. Decidió sacudirse a la frustración y centrarse en el agridulce y terrenal aroma que perfumaba el aire y disfrutar de la ocasional bocanada de calor que sentía cuando un rayo de sol le iluminaba el rostro. Llevaba tanto tiempo centrada en sus objetivos, esforzándose tanto por trabajar para salir del pueblo qué, según sus padres era demasiado pequeño para sus capacidades, que prácticamente se le había olvidado centrarse tan solo en respirar. O en pensar en lo que de verdad deseaba. Incómoda por el camino que habían tomado sus pensamientos, se cambió el bolso de lado y decidió que no era culpa de sus padres que quisieran lo mejor para ella. Tampoco era culpa de sus padres que ya jamás hubiera sido capaz de reunir el valor suficiente para decirles lo que realmente quería. ¿Cómo podría haber sido capaz de hacerlo cuando la miraban con tanto orgullo? "Un día, serás una de las abogadas más importantes de Nettleton & Thompson. Lo sé. No pararás hasta que lo consigas, ¿Verdad?". «Por supuesto que no, mamá. Haré que te sientas orgullosa de mí».


Sus padres se habían casado muy jóvenes y habían ahorrado hasta el último centavo de su sueldo para comprarse una pequeña casa de tres habitaciones, en la que vivieron con sus cuatro hijos. El destino del hermano mayor de Paula había sido seguir los pasos de su padre como pescador de langostas. Los otros dos hermanos más pequeños que ella insistieron en ponerse a trabajar después de terminar la educación secundaria. Por lo tanto, el sueño de tener un hijo universitario en la familia cayó sobre los hombros de ella. Todas las expectativas de sus progenitores se vieron superadas cuando Paula fue admitida en la Facultad de Derecho de Chicago. Tras sus estudios trabajó como becaria y después recibió una oferta de trabajo.

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