lunes, 27 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 26

Se acercó un poco más a la ventana y apoyó la frente contra el frío cristal. Habían pasado dos años desde la primera llamada en la que supadre le informaba de que su madre tenía una ligera fiebre. Solo eran unas décimas, pero eran constantes. Tan solo había pasado un mes desde que su madre se había recuperado de una ligera neumonía. Inmediatamente, Paula realizó una videollamada en la que vió a su madre en cama, con su padre cuidándola y ella protestando por las atenciones que le proporcionaba su esposo. Estuvieron charlando con normalidad y se quedó más tranquila. Todo parecía como siempre. Solo era un poco de fiebre. Entonces, la segunda llamada llegó a las dos de la mañana. La tensión y el pánico que se reflejaba en la voz de su padre la colocó en estado de alerta incluso antes de que su padre le dijera que la fiebre había subido y que su madre estaba en el hospital. Era la primera vez que su madre tenía que ir al hospital en más de dos décadas. La última vez había sido para el nacimiento del hermano pequeño de Paula. Ella colgó y comenzó a hacer las maletas mientras compraba a la vez un billete de avión. Iba de camino al aeropuerto cuando el teléfono volvió a sonar.


—Pau…


Paula sintió que el vello se le ponía de punta al escuchar la voz ronca y congestionada de su madre antes de un fuerte golpe de tos.


—¿Mamá?


—Cariño, estoy muy orgullosa de tí.


—Lo sé, mamá.


—Nunca dejes de vivir tu vida al máximo… Y alcanza… Alcanza tus objetivos.


Otro ataque de tos provocó un escalofrío de pánico en Paula.


—Serás una de las abogadas más importantes de Nettleton & Thompson algún día. Lo sé. No dejes de esforzarte, ¿De acuerdo?


—No lo haré… —susurró Rosalind agarrando con fuerza el teléfono. Sentía que el corazón iba a salírsele del pecho—. Haré que te sientas orgullosa, mamá. Cuando vayamos a Italia este verano, nos…


—Italia… —murmuró su madre con ensoñación—. Qué viaje tan bonito sería ese…


—Mamá…


—¿Sí, cariño?


Paula estaba en medio del aeropuerto de Chicago, rodeada por pasajeros que iban y venían, con los ojos llenos de lágrimas y aferrándose con fuerza al teléfono, como si así pudiera mantener a su madre anclada a la Tierra.


—Te quiero mucho, mamá.


—Y yo te quiero a tí, mi niña. Mi preciosa Paula…


Paula cerró los ojos para contener las lágrimas. El tiempo había ido aliviando la pena, pero había momentos como aquel, que le devolvían los recuerdos como si hubieran ocurrido el día anterior. 

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