lunes, 20 de abril de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 16

Por suerte, estaba encendida y su luz aplacaba la oscuridad de la tormenta que rugía en el exterior. Las paredes, pintadas en un delicado tono marfil, reflejaban la luz y hacían que la estancia reluciera. Junto a una de las paredes, había una larga y estrecha mesa, que brillaba como si acabaran de pulirla. Era muy hermosa, pero tenía un aspecto muy vacío, como si estuviera esperando a que alguien colocara un bol de flores frescas o un antiguo jarrón. La sensación de vacío generalizada que había en la estancia la conmovió. Una casa tan imponente, con tanto que ofrecer, pero vacía y deshabitada. Empezó a moverse, dado que se sentía demasiado nerviosa como para permanecer en un único lugar. Un cuadro le llamó la atención, uno de los pocos que adornaban las paredes del vestíbulo. Era una pintura de un gran tamaño, que representaba el momento en el que unas poderosas olas rompían contra una playa. Los trazos del pincel representaban perfectamente el agua embravecida y las oscuras nubes del horizonte. Un acantilado se erguía sobre el mar, orgulloso e inamovible contra la ira de las olas. La imagen parecía hablarle y le llenaba de una potente energía que rejuvenecía su apesadumbrado espíritu. Le recordaba a los otoños de su infancia, cuando observaba cómo las tormentas azotaban la costa de Maine desde su casa. La furia y el poder de la naturaleza, recordándole al hombre de lo que era capaz. Sobre la playa, había una larga figura, una sombra que parecía desafiar la tormenta con la barbilla erguida y los hombros cuadrados. Paula sonrió y respiró profundamente. Aquella imagen le daba el ánimo y la determinación que necesitaba para llevar a buen puerto su misión. De repente, sintió un hormigueo en la espalda y el vello se le puso de punta. Era prácticamente la misma sensación que había experimentado en el Diamond Club justo antes de ver la figura de Pedro Alfonso entre las sombras. No había podido verle el rostro, al menos no claramente, pero eso no había impedido que se le entrecortara la respiración y que un calor que parecía haber surgido de la nada le abrasara la piel. En aquel momento comenzó a sentir aquel mismo calor, una fiebre que solo podría ser aplacada por el acto que jamás había realizado antes. Se dió la vuelta, pero no había nadie.


—Señorita Chaves…


La voz, profunda, dura y, a la vez, sorprendentemente melódica, resonó por todo el vestíbulo. Se deslizó por encima del cuerpo de Paula y atravesó su piel para hacerse eco en el interior de su cuerpo como si fuera el restallido de un trueno. Atónita, ella levantó la mirada. Había un hombre en el primer rellano de la imponente escalera. Un hombre muy alto. Su torso y su rostro quedaban sumidos en las sombras.


—¿Señor Alfonso?


—¿Cómo ha entrado en esta casa?

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