Paula estaba tan consumida por las increíbles sensaciones del clímax y la expectación para que Pedro diera el paso final y la tomara, que las palabras simplemente rebotaron en su cabeza. Quería experimentarlo todo, sentirlo todo, perderse en las caricias de Pedro… Pero él ya no se movía. La fusión que la llevaría al paraíso se había detenido antes de empezar.
—¿Sucede algo? —susurró ella, rozando sus labios con los de él, tratando de discernir por qué tenía los ojos tan cerrados y la mandíbula tan encajada.
—Sé quién eres —repitió él con voz ronca.
—¿Sabes…? —la comprensión se filtró lentamente en el aturdido cerebro de Paula, que parpadeó varias veces para despejarlo.
—Sé que eres la hija de Miguel Chaves.
El cerebro de Paula seguía negándose a comprender. Sus palabras no tenían sentido… Hasta que una sensación helada empezó a trepar por su espalda, dejándola sin aliento. El aturdimiento del cerebro se disipó y el hielo se extendió hasta que lo comprendió plenamente y soltó el aire de golpe. Le golpeó el torso con los puños y juntó las piernas antes de girarse a un lado y saltar de la mesa. Los pies golpearon el suelo y, como había olvidado que aún llevaba puestas las estúpidamente altas sandalias, se le torció un tobillo y cayó al suelo. Pedro corrió a su lado, la preocupación reflejada en el rostro.
—Apártate —Paula intentaba desesperadamente taparse con el vestido.
—Paula…
—He dicho que te apartes de mí —ella querría escupirle en la cara—. Vete. Ahora.
—Paula, por favor…
—¡Lárgate! —gritó ella, perdiendo el control—. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!
Pedro alzó la barbilla, el rostro tenso, dándole un aspecto pétreo. Paula no soportaba mirarlo y hundió el rostro en las rodillas. Pensaba que iba a vomitar. Sintió más que oyó a Pedro salir de la sala de juegos. El vacío confirmó que se había ido.
Pedro se echó agua fría en la cara y trató de calmar la respiración. Intentó borrar de su mente la imagen de Paula, humillada y vulnerable, acurrucada en el suelo. El juego había terminado, y él había sido incapaz de jugar la última ronda. No había hecho nada malo. Él era la víctima. Ella había estado jugando con él mucho antes de su primer encuentro, un encuentro que ella había preparado. Lo que había seguido había sido planeado por ella. Todo. Se había hecho pasar por una fiestera de la alta sociedad y lo había seducido con sus ojos y sus palabras. Incluso había robado su propio yate como accesorio para su juego. Él solo le había seguido el juego. Incluso tras descubrir su identidad, y que todo formaba parte de un plan para destruirlo, a él y a su primo, lo peor que hizo fue esconder su teléfono.
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