lunes, 16 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 31

Paula no sabía cómo lograba evitar que le fallaran las piernas, y cuando miró por encima del hombro y vió aparecer la cabeza de Pedro junto a la barandilla, su corazón se inflamó dolorosamente y la realidad de que aquello la sobrepasaba la abofeteó en la cara. Necesitaba enviar un mensaje a Delfina para que acelerara la firma de los contratos. No podía seguir con el juego mucho más. Tenía que alejarse de Pedro. Era demasiado. Toda la preparación del mundo no le habría servido para seducir a un hombre cuando el hombre en cuestión le despertaba sentimientos que nunca había experimentado. Era ella la seducida allí. Acelerando el paso, redactó mentalmente el mensaje que enviaría a su hermana, llegó a la mesa sobre la que había dejado sus cosas, pero… El teléfono había desaparecido.



-¿Sucede algo? —preguntó Pedro, sin entender por qué la ansiedad de Paula le encogía el corazón.


—No encuentro mi teléfono.


Normal. Había ordenado a la tripulación que lo escondieran en su camarote, el único espacio del yate cerrado y fuera del alcance de Paula. Se lo devolvería cuando todo terminara.


—No puede estar muy lejos —aseguró él—. ¿Dónde lo tuviste por última vez?


—Aquí mismo. Lo dejé sobre esta mesa.


Pedro consultó la hora. En Londres serían las diez de la noche. La reunión sobre el proyecto Aurora habría terminado hacía horas. Lo sucedido entre Paula y él no podía distraerlo de su obligación. Se había deshecho del teléfono de ella para que no pudiera ponerse en contacto con su hermana. La nueva prioridad era advertir a Ezequiel.


—Pregunta a la tripulación —sugirió—. Quizás alguno se lo llevó para cargarlo, o al recoger la mesa.


—Buena idea —Paula se mordió el labio.


—Si no lo tienen, registra tu camarote por si lo dejaron allí y se olvidaron de decírtelo.


Ella volvió a asentir y se apresuró a entrar, olvidándose de contonear seductoramente las caderas. Por alguna razón, eso también hizo que el corazón de Pedro se encogiera. Apartando los extraños sentimientos que lo invadían, le pidió a Mara, el teléfono. Inmediatamente lo encendió y llamó a su primo.


—Pedro, ¿Cómo…? —sonó la voz de Ezequiel.


—Eze, escucha, no tengo mucho tiempo.


—Bueno, pero ¿Qué…?


—Delfina Chaves—interrumpió él—, es la hija de Miguel Chaves.


—¿Cómo? No te oigo bien.


—Delfina Chaves es una espía. Ha estado trabajando con su hermana para destruirnos.


—¿Delfina Chaves? —la incredulidad de Ezequiel era evidente.


—¡Sí! ¡Chaves! El proyecto Aurora está comprometido. Y escucha, ella afirma haber encontrado alguna prueba de corrupción.


—¿Corrupción? ¿Qué corrupción?


—No lo sé, pero según los mensajes que he leído, Delfina Chaves ha encontrado pruebas de corrupción contra nosotros. Estoy en el Caribe con su hermana. Voy a mantenerla aislada y evitar que se comunique con alguien que pueda causar más daño. ¿Te ocuparás de Delfina? Esto hay que cortarlo de raíz y minimizar los daños inmediatamente.


—Considéralo hecho —contestó Ezequiel, con voz grave.

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