—Sí —abofeteándose mentalmente por su desliz, Paula se removió en su asiento y rápidamente cambió de tema, pasando a la siguiente fase de mantener a Pedro distraído y preferiblemente incomunicado mientras Delfina culminaba la destrucción de los primos Alfonso—. Estamos demasiado lejos de ninguna isla para atracar antes de que anochezca. Podemos fondear en el mar.
—¿Me estás invitando a pasar la noche contigo? —Pedro parpadeó ante el cambio de tema y sonrió.
—Te invito a que pases la noche en el yate. No conmigo —jamás. Por mucho que ardiera por él.
—¿Te haces la dura? —los ojos de él brillaron.
—Nada bueno es fácil de conseguir —replicó ella con dulzura.
No solo tenía que hacerse la dura, necesitaba construir una fortaleza de hormigón para hacerse inmune a él.
—Esa es una verdad por la que brindaré con gusto —Pedro levantó su vaso.
—¿Entonces qué dices? —preguntó Paula.
—¿Sobre pasar la noche aquí?
—Todos los camarotes están arreglados —ella asintió.
Si decía que no, pasaría al plan B y ordenaría al capitán que fingiera problemas con el motor.
—Como acabas de decir que estamos demasiado lejos para atracar esta noche, no tengo otra opción que quedarme a bordo.
—Siempre puedes nadar.
Pedro rió. Paula odiaba ese sonido, un bálsamo para sus oídos, y odiaba cómo iluminaba su rostro.
—Soy buen nadador, pero como he dicho, no soy ningún superhéroe.
—Podrías robar una de las motos acuáticas —con suerte, se caería.
Pero incluso mientras lo pensaba, una punzada de pánico le mordisqueó el corazón ante la perspectiva de caer al mar sin siquiera un chaleco salvavidas, y rápidamente lo borró de su mente.
—Escapar en una moto o pasar la noche con la mujer más bella del Caribe —él fingió meditarlo—. Difícil elección.
—Pasar la noche en un yate con… No en la cama con —insistió ella.
—Me conformaré con la esperanza —él suspiró burlonamente.
—¿Te quedarás?
—Créeme, bella —la mirada de Pedro taladró su pelvis—. No voy a ninguna parte.
—Bonito camarote —observó él al cruzar la puerta.
Se había preguntado en qué camarote lo instalaría, seguro de que estaría tentada de ofrecerle el más pequeño, aunque ninguno lo era. A Pedro le encantaban las fiestas y era un gran anfitrión. Lo último que quería era que algún invitado se sintiera menospreciado por un alojamiento inferior. La primera noche en su nuevo yate la pasaría en el tercer mejor camarote, la suite principal estaba cerrada con llave y el segundo mejor era el de Issy. Aun así, era espacioso y tenía una cama de matrimonio de tamaño respetable. Solía dormir en una cama emperador, pero para una noche serviría.
—Hay artículos de tocador en el cuarto de baño, y albornoces en el armario —explicó ella.
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