lunes, 16 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 32

A pesar de la mala recepción, el mensaje había llegado. Pedro sintió aflojarse un poco la opresión en el pecho.


—Estaré ilocalizable durante un tiempo, pero te enviaré un mensaje cuando sepa qué sucede.


—Lo mismo digo.


Pedro colgó el teléfono y respiró aliviado. Su primo era como un misil humano cuando se trataba de derribar objetivos. Delfina Chaves no tenía ninguna posibilidad. Fuera lo que fuese lo que ella y su hermana hubieran planeado contra ellos, fracasaría. Pero todavía estaba Paula. Los mensajes que había leído sugerían que su único trabajo era distraerlo mientras Delfina hacía el trabajo sucio, pero a saber qué planes habían urdido cara a cara. Cuando ella regresó, vestida con un chaleco negro de tirantes sobre un bikini negro, unos minúsculos pantalones cortos vaqueros, y sus grandes gafas de sol cubriéndole la cara, él supo que lo único que podía hacer era llevarla a St. Lovells. En esa época del año había demasiados yates en el mar, demasiadas formas de escapar y ponerse a salvo. En St. Lovells no tendría escapatoria.


—¿Encontraste tu teléfono? —le preguntó.


—No tengo ni idea de dónde está —ella sacudió la cabeza.


—Ya aparecerá.


—Eso espero —Paula se dejó caer en el sofá frente al suyo.


—Puedes usar el mío —Pedro le tendió el teléfono—. Está cargado.


—Gracias, pero no sé el número de ninguno de mis contactos —ella se encogió de hombros—. Es la maldición de la época en que vivimos. Ya no necesitamos memorizar números de teléfono.


—¿Pretendes usar tu teléfono para hacer una llamada? —preguntó él con fingido estupor.


—Lo sé —Paula soltó una carcajada—. Usar un teléfono para llamar a la gente. ¿Qué será lo siguiente? ¿Usar la televisión para ver la televisión?


—Ahí te has pasado.


—Cuando era pequeña —Paula levantó el rostro hacia el cielo y suspiró—, mi madre tenía una de esas agendas en las que se podía escribir el nombre de alguien, su dirección y su número de teléfono.


—Las conozco —contestó él secamente. Su abuela había tenido una llena de nombres y trozos de papel con números garabateados—. Algunas personas aún las utilizan.


—¿De verdad? Solía reírme de mamá, y me parecía tronchante que se supiera de memoria el número de teléfono de su infancia. Algo anticuado e innecesario cuando todo se puede guardar en el teléfono. Mi teléfono aparecerá y, si no lo hace, podré comprarme otro y recuperar todos mis datos, pero me imagino a mi madre, como era entonces, riéndose de mí por confiar en la tecnología cuando, a la antigua usanza, habría sido más probable que lo tuviera almacenado en mi cerebro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario