viernes, 6 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 20

La sonrisa se le apagó cuando el corazón le dió un vuelco y luego cayó en picado. Parpadeó y volvió a parpadear, seguro de estar teniendo visiones. La imagen de dos mujeres jóvenes, las caras pegadas, sonriendo a la cámara, seguía allí. Con el pulso palpitándole en la mandíbula y la cabeza martilleando, intentó encontrarle sentido a algo que no lo tenía en absoluto. Y entró en sus mensajes. La última parte de su euforia murió exactamente en el instante en que su pantalla se apagó. Clonar el teléfono de Paula había agotado su batería. Pero ya había visto suficiente. Aquello no era una estafa. Era un ataque deliberado, dirigido. Paula se retocó el brillo de labios con mano temblorosa. Necesitaba retocarse la raya del ojo, pero le daba miedo clavarse el lápiz. El brillo de labios cayó, estrepitosamente, en el lavabo. Ella contempló su reflejo en el espejo. Mejillas sonrosadas y mirada febril. Nada comparado con su interior. Su corazón, un caos palpitante, las extremidades flojas, su estómago un nudo apretado. Y entre las piernas… Cerró los ojos e intentó respirar hondo. No era inmune al magnetismo animal de Pedro. No tenía sentido negarlo. Lo importante era que había recuperado la razón a tiempo, antes de que él la convirtiera en llamas. En cenizas. Aún se sentía arder en todos los lugares en los que se habían tocado. Aún podía sentir su boca devorando la suya. Debería haber buscado hombres con los que practicar los besos. Tal vez así habría desarrollado cierta inmunidad y no habría entrado en combustión con él. Una cuidadosa aplicación de bronceador en las mejillas y un pareo nuevo, y estuvo lista para enfrentarse a él de nuevo. Tanto como podría estarlo. Encontró a Pedro en la mesa del comedor, bebiendo despreocupadamente cerveza de una botella tan fría que goteaban chorros de condensación. Cuando se levantó, se fijó en que llevaba una toalla alrededor de la cintura. Un rápido vistazo le indicó que su bañador se estaba secando en el respaldo de una silla. Sus pantalones de loneta estaban donde los había dejado antes. El pulso le latió entre las piernas. Debajo de esa toalla, él estaba desnudo.


—¿Todo bien? —preguntó él.


—Solo necesitaba refrescarme —ella asintió y sonrió alegremente—. Espero que tengas hambre, Chef nos ha preparado un festín.


—Estoy hambriento —su mirada se clavó en la de ella, antes de recorrer lentamente su cuerpo.


El primer plato era una sopa de tomates asados al fuego que a Paula le encantaba desde niña. El chef francés debía haber buscado una auténtica receta italiana, porque era incluso mejor que la que tomaba de pequeña.


—¿No comes pan? —preguntó Pedro, señalando el panecillo recién hecho que ella había apartado.


Paula sacudió la cabeza y se lo ofreció, procurando no salivar cuando él lo partió en dos y lo untó con mantequilla. «No queda mucho», se consoló. Pronto podría hincharse de carbohidratos sin importarle que todos aterrizaran en sus caderas. Podría echar una cucharada de azúcar en el café, y otra de nata si quería. Podría comerse de una sentada una tableta enorme de chocolate con avellanas. Llevaba dos años hambrienta. Podía esperar unos días más.


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