viernes, 6 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 18

¡Pero eso era bueno! Muy bueno. ¿No se suponía que tenía que atraer a Pedro? Mantener su interés como solo una mujer podía, porque a él solo le importaba su aspecto y lo que pudiera obtener de ella en el dormitorio. Solo tenía que controlarse y no permitir que su cerebro derretido convenciera a su cuerpo virgen y necesitado de que se sentía atraída hacia uno de los hombres responsables de la pérdida de todo lo que había amado. Su cuerpo estaba tan hambriento que probablemente reaccionaría de la misma manera ante cualquier hombre. Él le sujetó los brazos. Iba a pegarse contra ella. Paula se zafó de su agarre, se quitó las sandalias y, acordándose de esbozar una sonrisa pícara por encima del hombro, corrió hacia la piscina y saltó al agua fresca.


Pedro no dudó en seguirla. Dio, había algo en la piel de Paula que lo infectaba, empapándolo de conciencia erótica. Para cuando él se zambulló en la piscina, ella ya había nadado hasta el otro extremo. La alcanzó con media docena de largas brazadas. Aunque ella lo miraba con esa fantástica insolencia, temblaba. Se agarró a las paredes de la piscina a ambos lados del esbelto cuerpo, atrapándola. Era bellísima. La timadora más bella que pisaba la tierra. Y la más sexy. El deseo latió con fuerza en su interior. Por la oscuridad de los ojos, y su respiración entrecortada, ella también lo sentía. Era hora de subir la apuesta. Que comenzara el placer. Hundió la boca en la suavidad de sus labios en un beso intenso. Dio, sabía a champán con un toque de calor añadido que despertó su cuerpo electrizado. La rodeó con los brazos y la apretó contra él.


La rendición de Paula fue inmediata. Sus labios se abrieron y sus manos se aferraron a la nuca de él. Lo devoró con la misma hambre que lo embargaba a él. Con los pequeños pechos aplastados contra el suyo y las piernas rodeándole la cintura, su lengua jugando con la de él, la erección de Pedro era intensa y pesada como nunca la había conocido, empujando con fuerza contra el interior del muslo de ella. Besarla era como saborear la miel del cielo y Pedro se preguntó si el resto de ella sabría como si la hubiera envuelto para regalo el rey de los dioses, el mismísimo Júpiter. Ya lo descubriría en otra ocasión, porque en cuanto interrumpió el beso para deslizar la boca por su mejilla hasta el cuello, los dedos de ella le agarraron el pelo con fuerza y tiraron de su cabeza hacia atrás. Sus ojos estaban nublados de deseo. Pedro sabía que los suyos reflejaban lo mismo.


—No tan rápido, muchachote —ella tragó saliva, le puso las manos en el pecho y, con una risita, lo empujó hacia atrás.

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