¿Había tomado ya demasiado sol? Porque empezaba a pensar que su cerebro se había derretido. No había motivo para imaginarse eso, o el calor que había sentido en sus partes más íntimas cuando él había posado una mano en su cadera. Ninguna razón para el instante en que se había imaginado esos labios sobre los suyos. Paula tenía una misión. Ese hombre era su enemigo. Si su cuerpo mostraba señales que podrían confundirse con atracción, debía superarlas. No podía ser atracción. De ninguna manera.
—¿Me pones en la espalda? —preguntó Pedro tras untar cada centímetro de sus extremidades y torso.
«¡Claro que no!».
—Será un placer —ronroneó ella, tomando el tubo y resistiéndose a echárselo en los ojos.
Paula controló el impulso de rociarlo directamente sobre su piel desnuda. Se echó un poco en la mano y, conteniendo la respiración, posó las manos en la espalda. Los músculos se tensaron. El corazón de ella se detuvo. Extendió la loción por la suave piel. Su corazón se relajó y empezó a latir con fuerza. Sus manos subieron hasta el cuello, pasaron por los omóplatos, bajaron por la columna y rodearon los costados. Cuando llegó a la cintura del bañador, su respiración entrecortada ya no era deliberada y sus labios vibraban mientras luchaba contra el deseo de besar esa obra maestra. Dió un paso atrás, y cuando él se volvió, todos los órganos de su cuerpo dieron un respingo.
—Me toca —anunció Pedro con una sonrisa sensual.
—Yo… —el impulso de asegurar que ya llevaba loción fue casi más fuerte que el peligro de un melanoma.
La sensación de peligro más fuerte que nunca. Paula se dió la vuelta. Llenó los pulmones de aire y se desató el pareo, que flotó hasta sus pies. Oyó a Pedro respirar entrecortadamente. Sus pulmones se vaciaron en cuanto los dedos tocaron su piel. Ella sintió un escalofrío que se intensificó a medida que le extendía la loción sobre su espalda. Cuando hundió los dedos bajo el fino cordón que cerraba el simulacro de bikini, imaginó que él desataba el nudo y le acariciaba los sensibles pechos… No sabía que los pechos pudieran doler. No necesitó mirar para saber que sus pezones se habían tensado. Tampoco podría haber mirado. Necesitaba todas sus fuerzas para evitar que las piernas le fallaran. Los dedos de él rozaron la parte superior de la braguita del bikini, y ella no pudo hacer nada por detener el temblor traicionero de su cuerpo. Demasiado sol.
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