—¿A quién no le gusta un buen tobogán en un yate?
—Eso pienso yo —Paula se mordisqueó el labio inferior y bajó la voz hasta un seductor ronroneo—. Si no tienes nada planeado, ¿Te gustaría acompañarme mañana? Podemos zarpar… Probar el tobogán.
—No se me ocurre nada mejor.
—Tenemos una cita —ella alzó su copa y esbozó la primera sonrisa sincera.
—Me muero de ganas —Pedro casi la desnudó con la mirada.
Paula examinó su aspecto en ese bikini diminuto. Si sus padres pudieran verla, entrarían en combustión espontánea. Y ella temía sufrir un ataque espontáneo de vergüenza. Pero ese era el tipo de bikini que llevaban las amantes de Pedro Alfonso. No podía permitirse decepcionarlo hasta que estuvieran en alta mar y consiguiera arrojar su teléfono por la borda. Era muy revelador. Por suerte, le cubría bastante bien la parte inferior, pero lo único que le tapaba la parte de arriba eran los pezones. Sintiendo el pánico que a menudo intentaba apoderarse de su garganta, ella respiró hondo y se envolvió en un pareo azul transparente. Ya era tarde para echarse atrás. Solo tenía que engañarlo hasta deshacerse de su teléfono, después podría vestirse con un saco si le apetecía. Pero percibía peligro. Lo había sentido desde que se había despertado esa mañana. No tenía ni idea de qué era, pero sus sentidos arácnidos le advertían de… Algo. ¿De Pedro? De ser así, ¿Por qué? ¿Estaba jugando con fuego? Era un playboy, pero no forzaría a una mujer. Ninguna de sus amantes tenía una mala palabra para él, y Delfina no habría accedido si hubiera pensado que Paula estaría en peligro físico. Como había admitido, era un playboy caballeroso. Tras su primer encuentro en Londres, el instinto de Paula se había alineado con la descripción de Delfina. No representaba ningún peligro físico para ella. Entonces, ¿Por qué se sentía amenazada? Demasiado tarde. Ese mismo día Delfina haría su fraudulenta recomendación a Ezequiel Alfonso y al resto del equipo. Tenía que llevar a Pedro al mar y mantenerlo allí, incomunicado, hasta que los contratos estuvieran firmados y el trato que destruiría a los primos Alfonso cerrado. Eso llevaría unos tres días, pero podrían ser más. Tendría que coquetear. Seducirlo. Quizá permitirle un beso o dos… Y confiar en su hermana y en su propio instinto de que él no la obligaría a más. Que el cielo la ayudara, pues nunca había seducido a un hombre. Apenas la habían besado. Únicamente siendo la ayudante de David, y por uno de los miembros del catering. Desgraciadamente, el tipo había estado manipulando pescado y el olor la había asqueado. No había habido nadie más. Entre su trabajo diurno en el pabellón infantil y su trabajo nocturno aprendiendo todo lo que había que saber sobre Gianni, no había tenido tiempo para más.
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