miércoles, 4 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 12

Pedro la aplaudió mentalmente e hizo otra apuesta consigo mismo: Al final de la velada, ella habría mencionado los insoportables costes del centro de rehabilitación.


—Debe de ser duro para tí.


—Lo que no te mata te hace más fuerte —contestó la astuta estafadora.


—Brindo por ello —Pedro levantó su cerveza.


Volvieron a brindar y apuraron sus bebidas. Mientras esperaban una segunda ronda, Paula repasó el menú en busca de la comida que tuviera menos calorías. Cuando todo terminara, iba a asaltar su restaurante de comida rápida favorito y enterrarse en las hamburguesas con patatas y helado que llevaba dos años negándose. Pidió una ensalada César baja en grasa.


—¿Qué hace todo el día una niña de papá? —preguntó Pedro.


—Se divierte, por supuesto —Paula aleteó las pestañas.


—¿Y dónde te gusta divertirte?


—Depende —sonriendo sugerentemente, ella enrolló un mechón de pelo en el dedo, como había observado que hacían un par de sus antiguas amantes.


—¿De?


—De mi humor… Y la compañía.


—¿Nunca te han dicho que eres guapa? —él rió.


«Ya puedo parecerte guapa. Me costó una fortuna conseguir este aspecto». Hasta hacía exactamente dos semanas, cuando Delfina encontró la prueba que estaban buscando, Paula rara vez se había maquillado, ni había utilizado autobronceador, y su pelo era un castaño oscuro lacio, normalmente recogido en una coleta o una trenza.


—¿Nadie te ha dicho que eres un hombre increíblemente sexy?


—No en los últimos diez días —él se inclinó hacia delante.


«¿Ganduleando o demasiado ocupado con el proyecto Aurora que vale billones para tí? O eso crees»


—¿Has estado escondido en una cueva?


—No del todo —Pedro sonrió—. El trabajo ha sido agotador. Créeme, me he ganado este descanso.


«Y tanto. Desde la tumba de mi padre cuando forzaste una adquisición hostil de su empresa».


—¿Una semana para desconectar y recargar las pilas?


—Dos.


—¿Dos? —Paula enarcó una ceja, depilada hasta el sometimiento, como si no supiera exactamente cuándo volvería a lo que quedara de su negocio—. ¿Cuánto puede divertirse un hombre en dos semanas?


—Depende.


—¿De qué?


—De si tengo con quien jugar.


—Imagino que a un hombre como tú no le faltarán compañeras de juego —ella le sostuvo la mirada.


—Nunca ha sido un problema para mí.


«Cuánta modestia».


—En mi yate hay muchos juguetes.


—¿En serio? —la mirada de Pedro brilló.


—Sí —ella se inclinó hacia delante, dejándole ver su escote—. Tengo hasta un tobogán.

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