Además, era un poco difícil mirar a los hombres de forma romántica cuando los pensamientos estaban consumidos por otra persona, a quien despreciaba apasionadamente, y odiaba haberse relajado en su compañía durante la cena y que las horas hubieran pasado tan deprisa. Él le había contado historias de sus amigos que la habían divertido de verdad. Si no supiera quién era, correría el riesgo de que le cayera bien. Ese era su poder. Bajo su aspecto apuesto y despreocupado, Pedro era el diablo disfrazado. Paula se dirigió a la cubierta desde la que él entraría a «Su», yate. Después de cenar, había pasado un par de intensas horas familiarizándose con las principales zonas del yate y estaba más segura de poder hacerlo pasar por suyo. Dos miembros de la tripulación aguardaban en cubierta, preparados para recibir a su invitado. Estaba a punto de sentarse a la sombra cuando una figura alta apareció a lo lejos en el muelle. El corazón y el vientre dieron un vuelco simultáneo. Cuanto más se acercaba, más se aceleraba su corazón. Aunque llevaba unas gafas enormes, seguía atrayendo las miradas de ambos sexos. Tal vez fuera el polo negro que llevaba, perfectamente ajustado a su ancho pecho. O quizás los pantalones cortos de loneta que ella sabía, sin necesidad de verlo, que marcaban sus prietas nalgas. Se detuvo a unos metros del yate, como si estuviera leyendo su nombre para asegurarse de que era el correcto, y entonces la vio. Una devastadora sonrisa se dibujó en su rostro mientras subía a bordo a toda velocidad.
—Bella, tu yate es tan deslumbrante como tú —saludó él mientras le ponía una mano en la cadera. Le besó ambas mejillas y se llevó una mano a la boca para rozarle los nudillos con los labios—. Un navío impresionante para una dama impresionante.
Para su absoluto horror, Paula se sintió sonrojar. Aunque no sabía si era por el calor de su aliento sobre la piel o la seductora apreciación de su mirada.
—Lo disfruto mucho —murmuró ella, esperando que sus enormes gafas la taparan lo suficiente.
—Me lo imagino. Su nombre me dice que vives para las fiestas.
—Hoy, la fiesta es entre tú y yo —ella le dedicó una sonrisa cómplice y le apartó lentamente la mano—. ¿Una copa?
—¿Demasiado pronto para champán? —Pedro consultó su grueso reloj.
—Nunca es demasiado pronto para champán —Paula hizo un gesto a uno de los dos miembros de la tripulación, que inclinó la cabeza y desapareció—. Comunica al capitán que estamos listos para zarpar — ordenó al otro—. Eso, si te parece bien —sutilmente, se colgó del musculoso brazo de Gianni.
—Estoy a tu merced —quitándose las gafas, él la desnudó con su mirada hambrienta.
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