viernes, 6 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 16

 —¿Quieres jugar?


—¿Y perdernos el sol? Podemos jugar cuando anochezca.


—¿No me devolverás a la orilla antes de que te conviertas en calabaza?


Aparecieron sus hoyuelos, señal que él empezaba a identificar como que se estaba divirtiendo realmente.


—¿Te apetece nadar?


—¿Significa eso que puedo probar tu tobogán?


—Depende —susurró ella con voz ronca.


Pedro apoyó una mano en su cadera. La distancia entre ambos era tan pequeña que sentía el calor de su cuerpo.


—¿De qué?


—De dónde echemos el ancla —ella se mordisqueó el labio inferior. Con una luminosa sonrisa, tiró de su mano—. Vamos, quiero nadar antes de comer.


Paula consultó discretamente su reloj mientras se lo quitaba. La reunión en Londres ya habría comenzado. Colocó el reloj y su teléfono sobre la mesa y se mantuvo impasible cuando Pedro hizo lo mismo, añadiendo su cartera al montón. Solo tenía que alejarlo del teléfono hasta que llegara el momento de deshacerse de él… Las cavilaciones terminaron cuando Pedro se quitó el polo. De repente, ella necesitó abanicarse. Dios santo, qué cuerpo… Ese pensamiento también se esfumó cuando se desabrochó los pantalones cortos. Se le secó la boca. Hasta ese momento, no se le había ocurrido que él no llevaba nada más que lo que había sobre la mesa. La cremallera bajó. Con los ojos clavados en el rostro de ella, él tiró de los pantalones hacia abajo. Paula vislumbró el vello en la base del abdomen, en la ingle, antes de que los pantalones cayeran al suelo y, con un guiño, él se subiera despreocupadamente el bañador que llevaba debajo.


—¿Tienes crema solar? —preguntó.


—¿Perdona? —graznó ella.


—Crema solar. Ya sabes, eso que te untas en la piel para no quemarte y, con un poco de suerte, evitar desarrollar un melanoma.


«¡Cálmate!», se gritó a sí misma. «Has visto su cuerpo muchas veces». Pero una cosa era verlo en la pantalla del portátil y otra muy distinta en carne y hueso. Ninguna imagen, por talentoso que fuera el fotógrafo, haría justicia a ese cuerpo. O esa cara.


—Sí —contestó.


Paula sonrió y sacó la exclusiva crema solar del bolso que le había costado el sueldo de dos semanas, y se la entregó. No era la primera vez que le sorprendía el tamaño y la fuerza de sus manos, y un nuevo cosquilleo la recorrió al imaginar esas manos… ¿Imaginar esas manos qué? ¿Tocándola?

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