miércoles, 11 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 29

«Dios, ¿No sabías lo hombre que era?», pensó Paula mientras la lava ardiente fluía por sus venas. Las sensaciones que Pedro despertaba eran tan extrañas, una voraz necesidad que solo su tacto y su boca saciaban, que ni pensó en resistirse. Ella se sumergió en las llamas del deseo. Sus besos eran duros y exigentes, devorando bocas y lenguas, un torbellino sensorial que le hacía apretarse contra él. Deslizando los dedos por la espalda lisa y musculosa de Pedro, saboreó los gemidos que le arrancó y lo besó aún más intensamente, apartando su boca solo para jadear ante la impresión que sintió cuando el peso y la longitud de su erección sobresalieron del bañador y se clavaron en el trozo de tela que cubría sus partes más íntimas. Instintivamente, ella rodeó su cintura con las piernas y levantó las caderas. No sabía si el movimiento de vaivén era cosa de ellos, o si el oleaje del agua bajo el hinchable era la causa, ni le importaba. Una espiral ardiente se había enrollado con fuerza en su feminidad y palpitaba con una necesidad desesperada de alivio. Ella se agarró aún más fuerte, besándolo con pasión mientras la gruesa dureza empujaba contra su protuberancia hinchada y… La espiral se soltó sin previo aviso. Un momento estaba meciéndose contra él, presa de las emociones más celestiales que hubiera experimentado jamás, y al siguiente estalló, e incluso mientras las inesperadas explosiones de su primer clímax palpitaban en su interior, siguió aferrada a Pedro, desesperada por mantener el contacto y prolongar aquel momento tan increíble.


Solo cuando los espasmos remitieron y Paula comprendió que Pedro se había parado, regresó a tierra con un golpe seco. En un instante, la experiencia más gloriosa de su vida acabó y la cordura se abatió sobre ella como un cubo de hielo volcado sobre su cabeza. ¿Qué acababa de pasar? Apretó los ojos y deseó que se abriera un agujero en el hinchable para hundirse y no volver a salir. Era terrible. Espantoso. Intentó respirar. Intentó pensar. Luego intentó no pensar, porque incluso mientras las últimas sacudidas la abandonaban, comprendió que acababa de comportarse del modo más escandaloso, indecente y vergonzoso. Y todo sin quitarse el bikini, sin que él la tocara… Ahí. El peso que la aplastaba se levantó lentamente, pero solo el físico. Sentía la mirada de Pedro clavada en ella. ¿Qué pensaría de ella? No debería importarle lo que pensara de ella. Tenía que salir de aquello y, al comprenderlo, el camino menos humillante se abrió ante ella. Solo tenía que volver a meterse en su personaje. Era impensable que a ninguna de sus anteriores amantes les hubiera importado parecerle lasciva. Lo que él quería era, precisamente, lascivia.

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