lunes, 9 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 24

Paula contempló el tobogán que la tripulación acababa de inflar. Fijado a la cubierta superior, caía directamente al mar, recordándole a una versión más alta y estrecha del tobogán de emergencia de un avión. También un hinchable gigante cuadrado, para unas diez personas, atado al yate. No era buena nadadora. Había pasado los veranos de su infancia en la piscina de su casa italiana, pero de eso hacía ya mucho tiempo y, hasta ese día, no había vuelto a meterse en una piscina. Ni siquiera de niña le había interesado nadar, prefiriendo chapotear e irritar a su hermana lanzándole pelotas de playa a la cabeza. Además, la piscina tenía un fondo definible. No se atrevió a preguntarle al capitán qué profundidad tenía el agua donde habían fondeado.


—¿Preparada? —preguntó Pedro con su sonrisa diabólica.


—Te echo una carrera —recordándose a sí misma que se suponía que era una intrépida fiestera, Paula le devolvió la sonrisa.


Antes de que Pedro reaccionara, Paula subió hasta la siguiente cubierta. Lo bueno de haberse esforzado tanto para esculpir su cuerpo era que se había puesto en forma. Famélica, pero en forma. Y había saltado los primeros escalones antes de que él los alcanzara. Riendo, subió el segundo tramo a la siguiente cubierta, conservando su ventaja también en el tercer y último tramo… Pero en cuanto puso el pie en la cubierta superior, un fuerte brazo le rodeó la cintura y la levantó en el aire. Agitando las piernas, Paula gritó, mitad de risa, mitad de miedo. No lo había oído acercarse. Pedro la llevó hasta el tobogán como si no pesara nada y, cuando la bajó, la diferencia de tamaño entre ambos, la golpeó con crudeza. Ese hombre podría partirla en dos sin esfuerzo. La sensación de peligro volvió a invadirla, aunque no tenía nada que ver con su envergadura. Él nunca usaría su físico para hacerle daño.


—Eres diminuta —él parpadeó y sacudió la cabeza.


Paula sintió que le ardía la cara. A Pedro le gustaban las mujeres altas y de piernas largas. Nunca había tenido una amante que midiera menos de un metro setenta.


—Vives a gran altura —Pedro sujetó la barbilla de Paula—, pero eres diminuta.


—No se lo digas a nadie —ella le puso un dedo en los labios—. Es un secreto.


Él la miró fijamente unos segundos antes de soltar una carcajada. El sonido era tan contagioso que Paula no pudo evitar que se le escapara la risa, y cuando él la tomó por la cintura y la levantó en el aire por encima de su cabeza, el pelo suelto colgando como una cascada, el impulso de besarlo fue tan fuerte que le costó un mundo resistirse.


—¿Puedes bajarme, por favor? —tenía que aguantar, aunque sintiera arder su cuerpo.


—Eres preciosa —en cuanto los pies de Paula tocaron la cubierta, él le puso una mano en la espalda y le apartó un mechón de pelo de la cara.


—¿Aunque sea bajita? —bromeó ella, orgullosa de sí misma, porque las palabras de Pedro le hacían sentir confusa, y más su mirada.


Todo en ese hombre la confundía. ¿Le gustaba? Su sensualidad la abrasaba.


—Pequeña, pero perfectamente formada.

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