lunes, 9 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 23

"¡Funcionó! Anzuelo, línea y plomada". ¿Qué prueba de corrupción? Pedro y Ezequiel exigían que su negocio se ejecutara legalmente. No sobornaban. No mentían. No hacían recortes. Sus bastardos padres eran los modelos contra los que trabajaban para asegurarse de hacer lo contrario de lo que harían ellos. Las corruptas acciones de Miguel Chaves solo habían reforzado ese espíritu. Habían sido víctimas de malas prácticas y nunca harían pasar a nadie por lo mismo. Tendrían que esperar hasta atracar en St. Lovells. Hasta entonces, descargaría todo su magnetismo sobre Paula. Esa era su única ventaja, pues sabía que, a pesar de todas sus odiosas conspiraciones, Paula Chaves lo deseaba. Y jugaría con ese deseo sin piedad.


—¿Puedo? —miró el tazón de helado derritiéndose.


—Adelante —ella le acercó el bol.


—Grazie.


—Prego.


—¿Hablas mi idioma?


—Algo —contestó Paula tras vacilar ligeramente.


—Tendría que haberlo supuesto, ya que has bautizado a este hermoso navío con un nombre italiano —Pedro hundió la cuchara en el helado y se la llevó a la boca—. Siempre he pensado que el mejor lugar para servir un helado es el cuerpo desnudo. Y la mejor forma de comerlo es con la lengua.


El oscuro rubor de Paula le indicó que lo había entendido perfectamente. Y por cómo se retorció en la silla, la imagen que él había evocado había calado en su cuerpo. Sonriendo, se metió la cuchara en la boca.


Paula tuvo que cruzar las piernas con fuerza. El bastardo se había dado cuenta. Podía verlo en sus ojos. Sabía que había entendido sus palabras seductoras y el efecto que estaban teniendo en ella. Era como una caricia que penetraba hasta lo más profundo de su ser. Sus palabras le habían revuelto el cerebro hasta impedir cualquier respuesta. Necesitaría tirarse de nuevo a la piscina para refrescarse. Esperaba que la reunión de Londres fuera según lo previsto, que la firma de los contratos se acelerara y que todo se cerrara en cuestión de días, como calculaba Delfina. Porque allí sentada, con el torso divinamente masculino y el rostro celestial de Pedro frente a ella, las secuelas del contacto de sus cuerpos aún recorriéndole la piel y la marca de su boca aún en los labios… Era un infierno. Tenía que encontrar la forma de mantenerlo alejado. Era demasiado peligroso. Incluso mirarlo a los ojos era una tortura. Pero debía soportarlo. Apoyó el codo en la mesa y la barbilla en una mano.


—Parece que estamos en una zona tranquila —murmuró—. ¿Qué tal si ordeno al capitán que eche el ancla y sacamos el tobogán, o nos damos una vuelta en las motos acuáticas?


—Bella —los ojos de Pedro emitieron un brillo sensual que la derritió—, llevo fantaseando con tu tobogán desde que lo mencionaste por primera vez.

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