miércoles, 11 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 28

Había querido salvarla, a ella y a su tía, de sus maridos. Ezequiel también. Con la muerte de su abuela paterna, la matriarca de la familia, había desaparecido el freno a su crueldad. Ni Pedro ni Ezequiel habían comprendido hasta qué punto su nonna había frenado la maldad de sus hijos. Su muerte la había desatado hasta un grado aterrador. A los ocho años creía que haría falta un superhéroe para impedir que su padre usara los puños contra su madre y él. También anhelaba tener dinero para huir a un lugar seguro. Pero su madre se había salvado a sí misma. Cuando él tenía nueve años, había despertado una mañana y ya no estaba. No había vuelto a verla. Naturalmente, había sido un momento angustioso, pero lo había superado. A los doce años, los primos habían ideado un plan para marcharse. Había poco espacio para que el adolescente Pedro pensara en su madre, o se enfrentara a la angustia de cómo había podido abandonarlo. Hacía tanto tiempo que no se permitía recordar aquella angustia, que pensar en ella de repente le resultó desconcertante. Nunca se permitía sentir dolor emocional. Solo amaba y confiaba en Ezequiel. Esa hermosa mujer que lo miraba con ojos ardientes de deseo era veneno. Si se salía con la suya, podría destruirlo igual que su madre. Aunque no emocionalmente. Tratándose de su corazón, ella no podía tocarlo. Nadie podía. Las intenciones de Paula no lograban sofocar la atracción entre ellos. Pedro quería volver a saborear sus labios venenosos y, cuando ella cerró los dedos finalmente en torno a sus caderas, clavándose en su bañador, su deseo se desbocó, perdido en la hermosa toxicidad.


—Tendremos que conseguirte un bañador rojo de socorrista — murmuró ella, la boca tan cerca de la de él que lo impregnó con su aliento dulcemente tóxico—, y un tablón de esos.


Lo que ella no sabía era que su veneno solo funcionaba a un nivel básico con él, aunque a ese nivel fuera más fuerte que cualquier otro deseo que hubiera experimentado jamás. Deslizó la mano por su espalda, le agarró las nalgas y las apretó contra él, haciéndole sentir la fuerza de su erección.


—¿Un tablón?


—Ya sabes, eso que los socorristas llevan bajo el brazo cuando corren para salvar a alguien de ahogarse —ella respiró entrecortadamente, sus ojos estaban vidriosos.


—¿Te refieres a un flotador? —él rozó con la boca los tóxicamente dulces labios.


El hermoso rostro se sonrojó, y emitió un sonido por la nariz, que él supuso que era una risotada.


—Probablemente. Te enviaré uno por tu cumpleaños.


Pedro se pegó más a ella, disfrutando de la apenas perceptible sacudida que la recorrió y de la presión de sus dedos sobre sus caderas.


—¿Y si tengo que volver a salvarte antes de mi cumpleaños?


Los ojos de Paula estaban tan oscuros y nublados de deseo que él veía sus esfuerzos por mantener el control.


—Tendrás que volver a usar tus poderes de superhéroe.


—No soy un superhéroe, bella, solo un hombre —un hombre hambriento por saborear de nuevo los labios venenosos de Paula.


Finalmente, Pedro fundió su boca con la de ella, rodó sobre ella y se hundió en el embriagador placer de su boca.

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