La diversión de Pedro ante la espectacularmente poco agraciada forma en que Paula daba volteretas en el aire antes de caer al agua se desvaneció cuando resurgió agitando los brazos aterrada. Sin dudarlo, se lanzó hacia ella. En cuanto le pasó un brazo por la cintura, ella le echó los brazos al cuello y se aferró a él como una lapa.
—Tranquila —protestó él, al sentir que iba a hundirlo—. Te tengo. Relájate.
El pelo rubio le salpicaba la cara y sus ojos azul oscuro se clavaron en los de él.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Bien —Pedro la besó suavemente—. ¿Podrás nadar hasta el hinchable?
Todavía agarrada a él, Issy giró la cabeza para medir la distancia. Estaba a unos diez metros, pero por su expresión, tanto daría que estuviera a diez kilómetros.
—Agárrate a mi espalda. Nadaremos hasta él.
Ella se giró hasta agarrarse a su espalda como una cría de orangután a su madre.
—Por muy agradable que sea la sensación de tus piernas rodeándome, tienes que soltarme un poco para que pueda nadar —espetó él—. Confía en mí. Te tengo.
La idea de Paula de soltar difería mucho de la de Pedro, pero bastó para que él pudiera moverse. La vida tenía giros inesperados, pensó él mientras se dirigía con decisión hacia el hinchable. Paula Chaves quería destruirlo, pero se aferraba a él como si fuera su balsa salvavidas personal. Si hubiera sucedido dos horas antes, cuando había descubierto su verdadera identidad, habría estado tentado de dejar que se ahogara. Casi gruñó en voz alta ante la mentira de su pensamiento. Planeaba hacer sufrir a Paula Chaves por el infierno que pretendía desatar sobre él, pero no se extendía al daño físico. Cuando llegaron al hinchable, la ayudó a arrastrarse sobre él y subió a su lado. Paula estaba tumbada boca arriba, la mirada fija en el cielo, respirando agitadamente.
—¿Estás mejor? —Pedro se tumbó a su lado y le acarició un pómulo.
—Gracias por rescatarme —ella cerró los ojos antes de girarse sobre un costado y mirarlo a los ojos.
—Un placer —murmuró él.
—¿Un placer? Casi te ahogo.
—Bella, eres la mitad que yo. No podrías haberme ahogado, aunque lo hubieras intentado.
Salvo quizás con su mirada. Era como contemplar una piscina profunda e hipnotizante. Dio, incluso medio ahogada, y con casi todo el maquillaje borrado, excepto donde se le había corrido el rímel bajo los ojos, estaba deslumbrante. El deseo se agitó dentro de él. Acercó su cara a la de ella y le puso una mano en la cadera. Tenía la piel increíblemente suave al tacto.
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