«Podría haberme ahogado», comprendió Paula, estremeciéndose al sentir su mano y la proximidad de sus cuerpos. Pedro podría haberse limitado a dejarla chapotear hasta que el cansancio la venciera. Si hubiera sabido quién era en realidad, probablemente la habría ayudado a ahogarse. Qué ridículo había hecho. Le ardían las mejillas al pensar en cómo había entrado en pánico a la misma velocidad a la que se había precipitado, sacudiéndose como una loca al aterrizar. El calor se intensificó al recordar cómo el miedo la había abandonado en cuanto él la había agarrado. No se había aferrado a él con tanta fuerza por miedo a ahogarse, sino porque su cuerpo había equiparado instintivamente a Pedro, el hombre que le había destrozado lavida, con la seguridad. La ironía le hizo soltar una carcajada, mientras crecía su deseo de volver a abrazarlo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó él, acercándose lo suficiente como para que las puntas de sus narices se tocaran.
Ella buscó una respuesta plausible en su cerebro aturdido, porque no eran solo sus narices las que se tocaban. Sus pezones habían rozado el pecho de él y, en un instante, su consciencia se había convertido en llamas.
—Estoy pensando en lo poco digna que debí parecer al caer al agua.
—Fue uno de esos momentos en los que desearías tener una cámara de vídeo —en los labios que tanto placer le habían proporcionado se dibujó un gesto de diversión.
Paula rió. Por mucho que lo despreciara, Pedro tenía un ingenio que la divertía, y por eso lo odió aún más. Detestaba todo de él, especialmente que fuera el hombre más sexy que pisaba la tierra y que ella estuviera prácticamente derritiéndose de ganas de que su mano explorara su cuerpo. Deseaba que la tocara. Le apetecía. No había otra excusa. Deseaba al diablo.
—No puedo creer que me entrara el pánico —aseguró ella, luchando por aclarar sus pensamientos.
No podía dejar que las traicioneras reacciones de su cuerpo la dominaran, no cuando había tanto en juego. Habiéndose vendido como una chica fiestera y amante de los deportes acuáticos, no podía permitir que Pedro creyera que odiaba las aguas profundas.
—Son cosas que pasan —Pedro sonrió con una indolencia que desmentía el calor de su mirada.
Paula temía el daño que le había producido. Porque el calor de su aliento rozándole la boca y su pulgar dibujando círculos en su cadera la inflamaban aún más. Sentía un doloroso deseo de levantar su pelvis hasta que la ingle se pegara a la de él, insoportablemente intensa.
—¿Has salvado a muchas mujeres desvalidas? —preguntó ella, intentando impregnar su voz de una despreocupada jovialidad, aunque sonó jadeante.
—Tú eres la única con la que he tenido éxito —respondió Pedro y, mientras sus dedos aferraban con más fuerza la deliciosa cadera de Paula, sus pensamientos se desviaron hacia su madre.
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