—Has dicho, «Como era entonces». Antes mencionaste que estaba en rehabilitación —él se echó hacia atrás—. ¿Me permites preguntar por qué?
Lentamente, Paula bajó la cara y se encontró con la mirada de Pedro. Mientras buscaba infructuosamente su teléfono, y se lavaba la sal de la piel, había aprovechado, lejos de él, para centrarse. Delfina y ella habían pasado diez años trabajando para llegar a ese punto. No podía tirarlo por la borda por un cuadro severo de problemas hormonales por culpa del bastardo al que deseaba desesperadamente hundir. Y uno de los motivos era su madre. Porque una de las muchas consecuencias de que Gianni destruyera su vida había sido perder a su madre tal como era. Alejandra Chaves estaba viva solo porque su corazón todavía bombeaba sangre.
—Tiene muchos problemas. El principal es la droga.
—¿Tu madre es drogadicta?
«Sí, bastardo. Por tu culpa».
—No es una yonqui en el sentido tradicional. No se pincha, aunque solo porque tiene fobia a las agujas. Suelen ser fármacos con receta que le entregan cómodamente en casa, ahora los camellos ofrecen servicio a domicilio. Básicamente, toma cualquier cosa que le impida pensar o sentir que le impidiera recordar lo que había perdido.
Hubo un destello en los ojos de Pedro y ella tuvo la sensación de que sopesaba si creerla o no.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
—Si no te importa, prefiero no estropear este hermoso día hablando de ello —no con el causante de todo.
No cuando era poco probable que pudiera hablar sin empezar a gritar y lanzarle cualquier cosa que tuviera a mano. Ya era bastante difícil mantener su personaje tal y como estaban las cosas, con todos los horribles, «Maravillosos», sentimientos que él había desatado en su cuerpo. Se había sentado deliberadamente en otro sofá, pero la tormenta de su interior era tan fuerte como si se hubiese acurrucado en su regazo. No necesitaba tocarla para que ella lo deseara. Le bastaba con mirarla y, por primera vez, Paula sintió una punzada de compasión por todas las mujeres que habían caído bajo su hechizo antes que ella. Durante años había supuesto que solo querían de él su dinero y el glamour de su estilo de vida, pero, al parecer, había mucho más. No era de extrañar que Pedro dejara un rastro de corazones rotos a su paso.
—Lo respeto —habló él tras una larga pausa—, pero si te preocupa que no pueda ponerse en contacto contigo, podemos llamar al centro de rehabilitación y darles mi número por si necesitan hablar contigo.
Paula odió la punzada en el pecho y el vientre ante la sincera oferta. ¡Su madre estaba en rehabilitación por su culpa!
—No —ella sacudió la cabeza—. Si hay algún problema, pueden llamar a mi hermana. Me preocupa más que Delfina no pueda localizarme. No recuerdo su número de teléfono ni su e-mail.
—¿Delfina es tu hermana?
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