La vió pulsar el número del capitán, seguro de que colgaría antes de que la llamada conectara, poniendo fin a esa farsa. Era ridículo pensar que podrían casarse. Casi tanto como la declaración de Paula de que se reservaba para el matrimonio. Aun así, ella había subido la apuesta del juego magníficamente, igualándolo. Se moría de ganas de verla recular. Pero en lugar de eso, ella pidió amablemente al capitán que se reuniera con ellos en el salón para discutir un asunto personal.
—Se reunirá con nosotros en el salón —anunció ella tras colgar.
Paula le tendió la mano. Ella entrelazó sus dedos con los de él y dejó que la guiara. El capitán Mario Caville llegó a la vez que ellos. Ni sus palabras ni sus gestos revelaron que trabajaba para Pedro desde hacía cuatro años. Él estaba orgulloso de su leal tripulación. Cuando les había explicado que estaba en el punto de mira de una estafadora, y que le siguieran el juego, habían aceptado el desafío. A Paula ni se le pasaría por la cabeza que Pedro y el buen capitán habían pasado noches bebiendo whisky escocés hasta reventar o jugando a las cartas. Por eso, creía conocer bastante bien al capitán. Y casi enmudeció cuando, al preguntarle si podía oficiar bodas, Mario asintió.
—El Palazzo delle Feste está registrado en Bermudas, y yo tengo una licencia de Bermudas, así que, si quieren que les case, puedo hacerlo. Solo tengo que ponerme en contacto con el ministerio para cumplir los requisitos necesarios —hubo un momento de vacilación—. ¿Quieren que lo haga?
Pedro esperaba que Mario se reiría ante la petición. Jamás se le habría ocurrido que podría casarlos. Creía que las historias de capitanes de barco casando parejas eran un mito urbano. Sin duda Paula estaría pensando que se le estaba yendo de las manos. Pero en lugar de ver dudas o pánico en su rostro, se limitó a mirarlo desafiante. Estaba esperando a que Pedro se rajara. Él nunca se había rajado en su vida.
—Hazlo —declaró con decisión.
La única reacción de Mario fue un ligero movimiento de las cejas.
—¿Cuándo quieren celebrar la ceremonia?
—Ahora mismo sería estupendo —Pedro le guiñó un ojo a Paula—, pero entiendo que no es razonable, así que lo antes posible. Si se puede acelerar, hágalo. El dinero no es problema si hay que untar algunas manos.
—Me pondré a ello —Mario sacó el teléfono del bolsillo.
—¿Una copa mientras esperamos? —sugirió Pedro a Paula.
—Champán estaría bien —volvió la sonrisa beatífica.
Se miraron fijamente, brindaron el uno por el otro y bebieron cada uno la mitad de su copa. «Vamos, Paula, rájate», la instó él mentalmente. «Sabes que ninguno de los dos seguirá con esta farsa».
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