miércoles, 18 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 39

Paula se preguntó cuánto faltaba para que Pedro soltara una carcajada y admitiera que todo aquello no era más que una farsa. Casi sintió lástima por el capitán, que se esforzaba tanto por hacerlo realidad. Pero cuando les pidió los pasaportes empezó a sentir dudas. Dió un sorbo a su segunda copa de champán y se dijo a sí misma que no importaba cuánto dinero tuviera Pedro para untar a gente, el matrimonio no se podía hacer por la vía rápida. En cualquier momento, el capitán les diría con pesar que no podía ser antes de que Pedro volara de vuelta al Reino Unido, ambos fingirían sentirse decepcionados y él no tendría más remedio que apartarse de ella físicamente durante el resto de su estancia allí. Tendría que pensar en cómo entretenerle. El yate era un auténtico palacio de fiestas. En teoría sería fácil. Pero la teoría, como había aprendido desde su llegada al Caribe, no era garantía de éxito cuando se ponía en práctica. Un miembro de la tripulación entró con unas hojas recién impresas que entregó al capitán, que seguía hablando por teléfono. Tras hojearlas, hizo señas a Pedro para que se acercara. Sus voces eran demasiado bajas para que ella las oyera, pero cuando él la miró, había un brillo en sus ojos que la decidió a no ser ella la que anunciara que aquello había ido demasiado lejos. Conteniendo la risa, bebió más champán y le vió hacer algo en su teléfono que, sospechó, tenía que ver con transferencias de dinero. Excelente. Una nueva y más fuerte punzada de duda le asaltó poco después, cuando el capitán empezó a reírse al teléfono. La risa y el tono que había adoptado su voz recordaron a Issy la de su padre cuando llevaba a cabo un negocio, justo antes de cerrar un trato. Pedro llenó las copas de champán y se sentó frente a ella, con un brazo apoyado sobre el respaldo del sofá, el epítome mismo de la despreocupación. El diablo alzó su copa. Ella lo imitó.


—Todo listo —anunció Mario un minuto después, levantándose de la mesa—. Solo necesitamos un par de testigos, ya he enviado un mensaje a mis oficiales, y estaremos preparados.


—¿Ya puede casarnos entonces? —la mirada vagamente engreída de Pedro, como la del jugador de ajedrez que espera a que su oponente se dé cuenta de que va perdiendo, vaciló.


—Le ha costado mucho dinero, pero tengo la autorización —el capitán se encogió de hombros.


Pedro consiguió mantener la compostura mientras juraba para sus adentros. Aquello había ido demasiado lejos. Paula tenía que ceder.


—¿Lista para casarte conmigo? —la miró de nuevo.


—¿Por qué no? —ella apuró su copa sin apartar los ojos de Pedro—. Como dijiste, será divertido… ¿A menos que tengas miedo?


—Sin miedo por mi parte —no sería él quien se echara atrás.


Dos miembros de la tripulación entraron en el salón.


—Necesitamos un anillo —Pedro se puso en pie.


—Dos.

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