miércoles, 18 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 37

 —Sí.


—Pues acepto.


—¿Qué aceptas?


—Tu proposición.


—¿Disculpa?


—Tu propuesta de matrimonio —él dió un paso adelante y la empujó casi quemó sus retinas—. Acepto.


-No puedes hablar en serio —exclamó ella, incrédula—. ¿Quieres casarte conmigo solo para acostarte conmigo?


—¿Por qué no? Nos estamos divirtiendo, ¿Verdad? ¿Qué puede ser más divertido que casarse? —Pedro le tocó un pecho. Dio, qué agradable sensación. Se casaría con ella solo por sentir ese pecho desnudo—. Vamos, Paula —la animó, deslizando la mano hasta la nuca—, ¿Qué es vivir sino arriesgarse? Casémonos y pasemos el resto del tiempo en el Caribe practicando sexo salvaje.


Paula sabía que estaba jugando con ella, a pesar del estremecimiento de necesidad que palpitaba en su pelvis ante la idea no deseada de dar rienda suelta a cada necesidad depravada que había estallado por él. No era más que una táctica para llevársela a la cama. Fingir querer casarse con ella para desnudarla. Ese hombre era un mayor obseso sexual de lo que había imaginado. Saber que todo era un juego lo hizo más soportable. Ni siquiera tuvo que fingir la risa ante el absurdo giro de la conversación.


—Estaría dispuesta, pero me temo que necesitaré casarme antes de practicar ese sexo salvaje que prometes. Así que, a menos que se te ocurra un modo de hacerlo antes de marcharnos de aquí… —se encogió de hombros, fingiendo decepción.


—El capitán —anunció él.


—¿Qué pasa con él?


—Algunos capitanes de barco pueden oficiar bodas. Si el tuyo tiene los poderes necesarios, puede casarnos. ¿Los tiene?


—No lo sé.


—Preguntémosle —Pedro deslizó las manos por los delgados y dorados brazos—. Supongo que llevarás el pasaporte a bordo.


—Está en mi camarote… Qué pena que tú no tengas el tuyo —añadió Paula con fingida desilusión.


—Sí lo tengo —anunció él triunfante—. Siempre lo llevo conmigo.


—Entonces iré a buscar el mío —al parecer quería alargar este absurdo juego.


Paula sacó su pasaporte del bolso, descolgó el teléfono del camarote, que conectaba con todas las partes del yate, y sonrió beatíficamente a Pedro.


—¿Lo llamo entonces?


—Dile que se reúna con nosotros en el salón —Pedro asintió divertido.

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