Esa vez, sin embargo, fue Paula la que mantuvo la cabeza fría, despegando su boca y apartándolo.
—No puedo hacerlo —graznó, respirando con dificultad.
—¿Hacer qué?
—Esto. Pedro… —apretó con fuerza una mano contra su pecho—. Yo…
—¿Tú qué? —la animó él.
¿Iba a confesar? ¿O se guardaba algo más en la manga? Los ojos azul oscuro se clavaron en los de él con algo parecido a la desesperación.
—Me estoy reservando para el matrimonio.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Paula deseó poder retirarlas. No tenía ni idea de dónde habían salido. Claro que no se estaba reservando para el matrimonio, ¡No era ninguna puritana! Pero estaba asustada. Aterrorizada por la facilidad con la que su cuerpo anulaba su cordura cuando se trataba de Pedro. Por lo intensamente que lo deseaba. Y, aunque sus palabras eran mentira, la calmó un poco saber que harían retroceder al Pedro Alfonso, alérgico al compromiso. Mirándolo a los sorprendidos ojos, decidió que cuando todo terminara, iba a buscarse un novio. Y obligaría a Delfina a hacer lo mismo. Los primos Alfonso ya habían detenido bastante sus vidas. Si Pedro y su odioso primo no les hubieran arruinado la vida, habrían crecido como cualquier adolescente, echándose novio y saliendo de fiesta, sin intentar desesperadamente salvar a su padre de sí mismo, y luego a su madre, y todo mientras trabajaban para poder hundir a los hombres que habían destrozado sus vidas. Él le había impedido formar los vínculos emocionales y sexuales que otras mujeres de veintitrés años daban por sentados. Otra cosa por la que odiarlo y culparlo. Su aversión aumentó cuando el asombro de Pedro se disipó y en sus ojos diabólicos brilló ese odioso destello.
—¿Te estás reservando para el matrimonio, bella?
—Sí, siento si eso te decepciona —Paula alzó la barbilla.
Él se encogió de hombros con la despreocupación que ella buscaba y cruzó los brazos sobre su torso desnudo. El muy canalla probablemente se había quitado el polo a propósito.
—¿Por qué iba a decepcionarme? Hay otras formas de compartir el placer.
Oh, Dios, ¿Tenía que decir «Placer», de forma tan obscena?
—Pensé que podrías haber albergado… Expectativas que, admito, he alimentado —no podía negarlo—. Me atraes mucho, Pedro —consiguió sonreír—, como ya habrás notado.
—A mí también me gustas mucho.
—Y sé que te he animado. Me gustaste desde que te conocí, y pensé que podrías ser la persona por la que dejaría de lado mi moralidad, pero es demasiado fuerte. No puedo entregarme a tí sin un anillo en el dedo. Lo siento.
—No hace falta que te disculpes —Pedro sonrió—. Si tienes principios, debes cumplirlos.
—Gracias por entenderlo.
—Lo entiendo perfectamente. ¿Solo habrá sexo si me caso contigo?
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