lunes, 23 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 43

Por la mueca y el suspiro de Pedro, ella intuyó que se le había escapado. Él vació su copa.


—Lo siento —se disculpó mientras llenaba las copas de nuevo—. No quise estropear el ambiente.


—No pasa nada… ¿Lo decías en serio?


—Nunca mentiría sobre algo así. Mi padre es un monstruo —Pedro sonrió fugazmente—. Pero no quiero hablar de él en mi noche de bodas. ¿Por qué no me hablas de los libros que te gustan a tí?


Paula no sabía por qué la idea de que el padre de Pedro fuera un monstruo le dolía tanto, o por qué no quería que cambiara de tema. Ya conocía los detalles de su infancia, como todo el mundo, ¿Por qué ese repentino deseo de saber más? Su madre había abandonado a su padre cuando él era niño, y vivía en Milán. Su padre explotaba, con su hermano, el mismo viñedo familiar en Umbria en el que se habían criado los primos Alfonso y, tanto Pedro como su primo, estaban distanciados de sus padres hasta el punto de cambiar sus apellidos a los dieciocho años. Formaba parte de la leyenda de hombres hechos a sí mismos, de la nada a la estratosfera. ¿Qué más necesitaba saber?


—No tiene sentido que te lo cuente si no has leído ninguno —por primera vez desde que habían entrado en el comedor, ella tuvo que forzar una sonrisa.


Durante un segundo, Pedro había temido que ella insistiría en que hablara más sobre su padre. Pero ella había preferido respetar su deseo de no hablar más del tema. Nunca hablaba de su padre. No valía la pena. Y rara vez pensaba en él. Pensar en sus progenitores y mencionar a su padre, confiarle un fragmento de su vida, precisamente, a Isabelle Seymore, era desconcertante. ¿Qué demonios tenía ella que hacía que el pasado pareciera mucho más cercano de lo que había estado en más de una década?


—¿Has leído muchos libros?


Ella asintió.


—No me digas que una fiestera como tú es un ratón de biblioteca — bromeó él.


—Secreto es la palabra clave —Paula se llevó un dedo a los labios.


—Algo me dice que está llena de secretos, signora Alfonso —Pedro le besó ese dedo.


Con ojos brillantes, Paula acarició sus labios con el dedo, deslizándolo luego por su mejilla.


—Y algo me dice que pronto los descubrirás todos —susurró.


—Lo estoy deseando —Pedro volvió a tomarle la mano y le besó la palma.

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