lunes, 23 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 44

Se había creado una corriente, una tensión que iba más allá de la química sexual. Pedro casi podía saborear el engaño que se arremolinaba entre ambos, a punto de aflorar, esperando el momento en que las máscaras cayeran, cuando solo la verdad bastaría para satisfacerlos.


—¿Qué te parece una partida de billar? —sugirió él.


—Solo si prometes no darme una paliza.


—Nunca hago promesas que no pueda cumplir.


Paula tizó el taco y vió cómo Pedro doblaba su enorme cuerpo para hacer el saque. Golpeó la bola blanca con una determinación precisa, haciéndola rodar con fuerza por la mesa para estrellarse contra el triángulo rojo de bolas. Ella sonrió para sus adentros. Había jugado el tiro para beneficiarla. Separar las bolas rojas del triángulo facilitaba meterlas, algo que no haría un jugador serio, y él lo era, si no pensara que su oponente sería presa fácil. Ella hizo rápidamente su jugada, lamentándose al fallar la tronera. Pedro no falló. Entronó una roja, luego una rosa, y otra roja. Falló la verde por milímetros, lo que devolvió el juego a Paula. Ella se tomó su tiempo, inclinó el taco con cuidado e hizo su tiro. La blanca rebotó contra la roja, enviándola a la tronera. Siguieron cuatro aciertos, roja, verde, roja, marrón, pero, viendo que no había forma de meter otra roja desde donde estaba la blanca, golpeó la blanca suavemente, de modo que solo rozó la roja y luego rodó suavemente para colarse detrás de la rosa. Lo había engañado. La mirada de Pedro fue de admiración total.


—Creía que no jugabas —la acusó él, inclinándose sobre la mesa para alcanzar la blanca.


—No recuerdo haber dicho eso —respondió ella por lo bajo.


—Lo insinuaste —Pedro enarcó una ceja.


—Hace diez años que no juego —Paula se encogió de hombros.


—¿Cuántos años tienes? —él consiguió darle a la roja, pero no la metió.


—Deberías saberlo, siendo mi marido —bromeó ella—. Tengo veintitrés. Mi padre tenía una mesa de billar. Siempre quise jugar, pero no llegaba a la mesa, así que me regaló una de tamaño infantil por mi séptimo cumpleaños. A los diez, ascendí a la mesa grande.


—¿Cómo conseguías ver por encima? —se burló él.


—Con un taburete. Al ser tan pequeña, las distancias me parecían más largas, pero creo que eso mejoró mi juego.


—¿Has crecido desde entonces?


—Muy gracioso —la roja fue directa a la tronera.


—Dame una oportunidad —suplicó Pedro burlón—. Quítate los zapatos.


—Son sandalias, filisteo.


—¿Filisteo? —la expresión de Pedro se volvió seria—. No creo que signifique lo que tú crees.


—Inconcebible.


Sus miradas se fundieron, idénticas miradas de asombro al reconocer que ambos adoraban La princesa prometida, y entonces se echaron a reír. Paula se rió tanto que falló la siguiente bola. Pedro, con una amplia sonrisa, metió la bola en la tronera, pero falló la siguiente.


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