La mesa del comedor, con capacidad para veinte personas, estaba colocada en un extremo, con Pedro a la cabeza y Paula a su derecha. Unas románticas velas lanzaban el reflejo de las llamas sobre la lámpara de cristal. Los enormes ventanales del comedor reforzaban el ambiente romántico, el sol poniente teñía el cielo de un naranja tostado que lo hacía parecer en llamas. Encajaba perfectamente con el incendio dentro de él. Pedro brindó por su desposada y, por enésima vez, se maravilló ante su belleza. Le costaba creer que esa hermosa criatura fuera la de la captura de pantalla que había clonado. Solo en su camarote, había contemplado fijamente la foto. Sospechaba que la de la foto era Paula al natural, y que esa visión rubia era una imagen cuidadosamente elaborada para atraparlo. Lo que no entendía era por qué la versión más sencilla, sin pulir y rellenita, le oprimía tanto el pecho. Había apartado las extrañas emociones mientras se duchaba para cenar, sacudiéndose también la inquietud que lo había sacado de quicio durante la «Ceremonia nupcial». Los papeles que habían firmado jamás verían la luz del día. Su «matrimonio», nunca habría existido. Estaba seguro de que ella pensaba igual, pero que, como él, había decidido seguir el juego. ¿Cuánto tiempo creía que podría hacerlo? Por la mañana, atracarían en St. Lovells, y la farsa terminaría. Mientras tanto, disfrutaría de esa deslumbrante mujer y descubriría qué trucos tenía ella planeados para echarse atrás y no consumar el matrimonio que nunca sería. Para sorpresa y alivio de Paula, la cena fue realmente divertida. Mientras les servían plato tras plato de la comida más exquisita, mantenían una conversación ligera e impersonal. Ninguno de los dos se molestó en fingir sobre su futuro juntos. Ambos sabían que no ocurriría. Pero lo que hablaron sí le permitió a Issy conocer mejor al hombre del que creía saberlo todo, cosas que ninguna investigación sobre Gianni podría haber sacado a la luz.
—¿No lees? —preguntó ella asombrada cuando hablaron de libros, y él no pudo nombrar ni uno solo que le hubiera gustado.
—No desde que dejé la escuela. Los libros que nos mandaban leer eran demasiado aburridos.
—¿No te animaban tus padres? —Paula recordó cómo los suyos la habían ayudado y animado a leer, despertando en ella un amor por la literatura que seguía manteniendo.
—Mi padre es un matón homófobo y misógino —las facciones de Pedro se tensaron—. Si me hubiera visto leyendo un libro por gusto, habría supuesto que era gay y me habría pegado.
La sorpresa ante la brutal confesión casi hizo que Paula se atragantara con una frambuesa.
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