miércoles, 25 de febrero de 2026

Venganza Y Seducción: Capítulo 47

—¿Y derrochar energía? —se burló él—. Siéntete libre para quitarte el vestido si también tienes calor.


—Cállate —Paula apretó los dientes para concentrarse y golpeó la bola blanca con la fuerza suficiente para que alcanzara el triángulo de rojas sin romperlas.


Pedro apenas miró las bolas mientras tiraba. Dos rojas cayeron en las troneras. En diez minutos había vaciado la mesa. Aparte del saque inicial, Paula no logró intervenir. Fue una clase magistral de billar. Pero ella apenas prestó atención a los tiros. Durante toda la partida, Pedro mantuvo la mirada fija en la mesa, sin mirarla a ella. Ni miradas sensuales, ni insinuaciones aterciopeladas… Hipnotizada por la elegancia del hombre y la belleza de su masculinidad, Issy cayó en un trance mientras destrozaba la mesa. Cuando entronó la bola negra por última vez y, finalmente, levantó los ojos hacia ella, Paula no habría podido apartar la mirada, aunque hubiera querido. Una sonrisa se dibujó lentamente en el rostro de Pedro. Dejó despreocupadamente el taco sobre la mesa, apuró su whisky y, con la expresión de un león abordando a su presa, se acercó a ella.


—Creo que me he ganado mi premio —la mirada penetrante, mortífera, las palabras roncas.


El corazón de Paula latía con fuerza. Luchar o huir. Eso experimentaba la presa cuando percibía al gran felino. Décimas de segundos antes de que la adrenalina hiciera efecto, suponía la diferencia entre la vida y la muerte. Luchar contra un depredador más grande que tú y morir. Levantar el vuelo demasiado tarde y morir. La presa capturada renunciaba a luchar y daba la bienvenida a la muerte para liberarse del dolor. Pedro la había capturado aquella noche en Londres. Ella había llegado al club subestimando el poder de su sexualidad y, desde entonces, se pasaba el día luchando contra sus propias reacciones. Ya no podía huir. La voluntad de luchar la había abandonado. Someterse no significaba morir. Él no le provocaría dolor, solo placer y, por una noche, ella quería explorar hasta dónde podría llevarles ese placer. Porque sabía que podría vivir cien vidas y jamás volver a sentir lo que sentía por Pedro.


—¿Qué premio? —susurró, con una mezcla de timidez y audacia.


Pedro posó una mano sobre la espalda de Paula para atraerla hacia él. Ella lo miraba con ese deseo que él había visto a menudo, pero también con algo más que nunca había visto, una transparencia, como si se hubiese arrancado un velo de invisibilidad.


—Tú —Pedro acercó su cara a la de ella.


Cuando sus bocas se fundieron, él tuvo la extraña sensación de que era Paula quien lo besaba. Paula, la joven de la captura de pantalla, no la refinada seductora. Cualquier Paula que fuera, la deseaba con una fuerza que estaba a punto de apoderarse de él y, cuando sus labios y su lengua bailaron con los suyos, la electricidad que había crepitado entre ellos todo el día disparó enormes sacudidas por sus venas y hasta lo más profundo de sus entrañas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario