Decidida, tomó aire y llamó al capitán. Uno de sus oficiales le informó que no estaba disponible, pero que la llamaría enseguida.
—No se preocupe, hablaré con él por la mañana.
Estaban en medio del Caribe. No se podía hacer nada hasta el día siguiente, y Pedro llegaría enseguida para acompañarla a cenar. Debía pensar en cómo proceder. Su corazón volvió a latir con fuerza. «No es un matrimonio», se dijo tercamente. Solo una broma, un juego, lo que fuera, que había ido demasiado lejos. Mientras no se presentaran los papeles, no habría matrimonio de verdad. Estaba a salvo. Con los analgésicos haciendo efecto, Paula decidió que lo mejor sería seguir con la broma, y eligió un vestido blanco ajustado con tirantes que le llegaba justo por debajo de la rodilla y tenía una raja en la falda que llegaba casi hasta el muslo. Eligió un par de sandalias blancas de tiras a juego. Se secó el pelo con secador para que pareciese más voluminoso y se pintó los ojos de gris ahumado, terminando con un pintalabios rojo. Estaba preparada. Aunque necesitó un momento para serenarse antes de responder a la llamada a la puerta. Pedro llevaba el mismo polo y los mismos pantalones cortos de loneta que había lucido todo el día, y esa sonrisa diabólica que el cerebro de Paula odiaba, pero su cuerpo adoraba.
—¿Lista para cenar, signora Alfonso?
El anhelo que sintió casi hizo que sus piernas cedieran, y por eso Paula supo que aquello debía terminar. No podía con Pedro, ni con lo que sentía por él. No solo estaba sobrepasada, estaba a punto de perder la cabeza. ¡Se había casado con él, por el amor de Dios! No podría pasar una semana entera con él sin perder la cabeza y, probablemente, lo último que le quedaba de amor propio. Confió en que Delfina hubiera cumplido su parte y que la operación contra los primos Alfonso fuera inevitable. Porque pasar mucho más tiempo con él iba a llevarla a un punto sin retorno. Tenía que acabar con eso. Sintió algo de paz en su acelerado corazón. Haría que destruyeran los papeles, y esa historia de terror terminaría en cuanto atracaran en la isla más cercana. Insistiría en que salieran de excursión y daría esquinazo a Pedro, escapando sin él. Solo necesitaba mantener su interés sexual unas horas más.
—Si, signor —murmuró ella, dirigiéndole una mirada de adoración que no requirió ningún esfuerzo.
Pedro le ofreció su brazo. Ella no dudó en aceptarlo.
—No sé tú —a Pedro le brillaban los ojos—, pero ya estoy deseando que llegue el postre.
Los empleados habían transformado el comedor en una extravagancia de plata y oro. A Paula no dejaba de sorprenderle lo ingeniosos que eran. Cómo habían conseguido globos, purpurina y confeti era un misterio. No preguntaría. A veces el misterio era mejor.
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