Además, había permitido que su jefe siguiera atemorizándola y había consentido que su mensaje le hiciera reaccionar. En vez de esperar a encontrarse a Pedro de un modo casual, había desobedecido su petición y había violado su intimidad. Suspiró de nuevo. Solo le quedaban cuatro días. Tal vez si le dejaba en paz, para cuando el puente estuviera arreglado, los dos estarían de mejor humor para, al menos, tener una conversación sobre el contrato. «Se ha equivocado usted de profesión…». ¿Se había dado cuenta Pedro del daño que le habían hecho aquellas palabras? ¿Las dudas que le habían creado? No, no se le daba bien trabajar con clientes como él. Clientes importantes, con grandes reputaciones y cuentas bancarias mucho más grandes aún, los clientes que daban prestigio a un bufete como Nettleton & Thompson. Paula prefería trabajar con la abuela que quería dividir su herencia en partes iguales para sus nietos. Los padres que se preocupaban de dejar bien situado a un hijo con problemas de salud una vez que ellos fallecieran. Al esposo que se enfrentaba a su mortalidad demasiado pronto y que quería que su esposa e hijos tuvieran una estabilidad financiera. Esas eran las personas con las que Paula quería trabajar. Cuando se convirtiera en una abogada de nivel medio, esos clientes serían escasos. Y lo serían más aún cuando fuera uno de los abogados principales del bufete. Un pájaro pasó por encima de su cabeza. Observó cómo revoloteaba en el aire. Totalmente absorta en el vuelo del pequeño animal, fue avanzando con él hasta acercarse peligrosamente al borde del acantilado.
—¡Detente!
Asustada por el grito, Paula se dió la vuelta rápidamente. De repente, sintió un dolor agudo en la planta del pie. Algo se le había clavado en la piel. Se sentó de golpe en la hierba y se agarró la pierna para ver qué era lo que tenía.
—¿Qué demonios te creías que estabas haciendo? —le espetó Pedro tras acercarse a su lado.
—¿De qué estás hablando ahora? —replicó ella apretando con fuerza los dientes para contener el dolor.
—¿Tienes idea de lo inestable que es el suelo por aquí y lo cerca que estabas del borde del acantilado?
—Sí… Sé que es peligroso —susurró ella. Por fin había visto la causa del dolor. Tenía una gruesa espina clavada en la planta del pie.
—Si no hubieras venido aquí descalza, no te habrías clavado eso.
—Si no me hubieras ordenado que me marchara de tu despacho, no habría venido hasta aquí.
Pedro se agachó a su lado y le tomó el pie entre las manos con una sorprendente delicadeza.
—Si no hubieras venido a mi despacho cuando te ordené que no lo hicieras, no habría tenido que pedirte que te marcharas.
Paula apretó los labios para contener el dolor.
—¿Sabes una cosa? Creo que tengo la razón verdadera de que haya ocurrido esto. Si hubieras firmado el contrato o el documento de renuncia, no estaríamos así en estos momentos.
Pedro la miró fijamente durante unos segundos. Entonces, hizo algo totalmente inesperado. La tomó en brazos y se puso de pie.
—¿Qué es lo que estás haciendo? —chilló ella.
—Llevarte de vuelta a la casa.
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