lunes, 4 de mayo de 2026

Quédate Conmigo: Capítulo 36

 —No, no conozco la historia de su vida, señor Alfonso, ni lo que supuso para usted perder a su madre. Creo que se está castigando por ello, pero ¿Se ha parado a pensar alguna vez, aunque solo sea por un momento, que está castigando también a todos los que le rodean?


Pedro sintió como si alguien le hubiera echado las manos al cuello y hubiera comenzado a apretar hasta exprimir cada gota de aire de su cuerpo. No podía hablar, ni pensar. El peso de aquellas palabras lo había aplastado y lo había dejado a la deriva en una nueva realidad. Una realidad, en la que, una vez más, se había colocado en el centro de todo. Se recuperó lo suficiente para pronunciar lo que debería haber dicho en el momento en el que ella entró por la puerta de su despacho.


—Márchese de aquí.


La fría tranquilidad de su voz ocultaba la tormenta que rugía dentro de él. Paula se dió la vuelta y, con un suave susurro de la falda, hizo exactamente lo que Pedro le había pedido. Ella se detuvo solo lo suficiente para ponerse un par de zapatillas que había bajado de su dormitorio antes de salir al patio. Tenía el corazón acelerado y los ojos le escocían por haber contenido tanto tiempo las lágrimas. Salió al jardín. Había ido al despacho de Pedro para volver a sacar el tema del contrato. Sabía que no debía hacerlo, dado que él se lo había pedido explícitamente, pero el señor Nettleton le había enviado un mensaje exigiendo saber por qué no lo informaba diariamente. No le había resultado difícil imaginarse la larga lista de llamadas perdidas, mensajes y correos que recibiría de sopetón cuando llegara por fin a un lugar con buena cobertura. Eso la había animado a actuar. Había estado los dos últimos días distrayéndose con el trabajo, revisando documentos, que, por suerte, llevaba en su maletín. Se había asegurado que era mejor darle a Pedro el tiempo suficiente para acostumbrarse a su presencia en el château. Había estado convencida de que, un día, bajaría y se lo encontraría en la cocina o en algún otro lugar en vez de seguir escondiéndose de ella.


Aquella mañana, la tercera, había vuelto a encontrar la casa totalmente vacía y eso, combinado con el mensaje del señor Nettleton y la exasperación que le producía el inmaduro comportamiento por parte de Pedro, la había animado a subir a la segunda planta. Ya había pasado bastante tiempo desde su última conversación sobre el contrato. Había estado totalmente segura de que él le concedería al menos cinco minutos de su tiempo. No había sido así. Además, había sido cruel. Había reaccionado como un animal herido. Su dolor despertaba la naturaleza empática de Paula, pero también la había herido. Por ello, no le había quedado más remedio que retirarse antes de que él viera lo mucho que sus palabras la habían afectado. 

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