Mientras caminaba por uno de los senderos, miró a su izquierda. La hiedra había creado un pequeño túnel que parecía llamarla. Como necesitaba algo que la distrajera, se dirigió a él. Una repentina frescura la rodeó, dado que la hiedra impedía por completo que pasara el sol. Al cabo de unos instante, oyó un suave rugido. La anticipación se apoderó de ella al notar que el sonido se iba haciendo cada vez más fuerte y que la hiedra empezaba a clarear. Por fin, tras tomar otro giro, vió el sol frente a ella y, más allá, el hermoso azul del mar. Salió del túnel a una pequeña planicie cubierta de hierba y flores silvestres. El viento soplaba desde los acantilados cercanos y azotaba la planicie, meciendo frenéticamente los tallos de las plantas. Consciente de que la planicie terminaba en forma de acantilado, se acercó con cuidado hasta unos veinte pasos del borde. Como no conocía el terreno, no quería correr el riesgo de que el suelo cediera de repente y la hiciera caer al océano.
De pronto, un destello blanco captó su atención. Se giró y se quedó sin aliento. Un par de kilómetros más allá, el océano se curvaba formando una bahía. La planicie sobresalía lo suficiente para mostrarle una playa de arena al pie de unos imponentes acantilados blancos, coronados a su vez de verde hierba. Los acantilados más cercanos a ella se proyectaban hacia el océano y formaban una especie de arco. Más allá, una única columna blanca se erguía sobre las olas, terminando en punta. Era el paisaje que aparecía en el cuadro. Aunque este era muy hermoso, la vista que tenía frente a sus ojos era espectacular. Sonrió. Aunque perdiera su trabajo, el respeto de su familia y de sus amigos, tendría momentos como aquel, especiales dentro de aquella extraña situación. Momentos que le hacían sentir… Feliz. En paz. Se dió la vuelta para mirar el château. Parecía un castillo de cuento de hadas, pero, en aquellos momentos, a Paula le parecía más bien una cárcel de barrotes de oro. Sintió un escalofrío. Si Pedro Alfonso quería esconderse de la atención de la prensa, era su elección. Era evidente que se estaba castigando, aunque ella no sabía por qué. Según había informado la prensa, Pedro Alfonso no había tenido responsabilidad alguna en el accidente. El conductor del otro vehículo había triplicado la tasa de alcohol permitida y, además, había invadido el carril contrario. Solo pisó el freno un segundo antes del choque. Su madre falleció por enfermedad, algo que Pedro tampoco había podido controlar. Sin embargo, por los artículos que había leído, su indulgente estilo de vida había comenzado unos pocos meses después de la muerte de su madre.
Suspiró. Se quitó las zapatillas y saboreó el tacto de la suave hierba bajo los pies, tal y como había hecho anteriormente en el jardín. Aquel gesto la ayudaba a tomar contacto con la realidad y le proporcionaba un momento de placer que necesitaba desesperadamente. Se sentía frustrada y furiosa y cada vez estaba más aburrida. Había libros por toda la casa que podía leer, otras salas que visitar, partes del jardín que aún no había explorado y una hermosa cocina repleta de comida y de variados ingredientes. Sin embargo, como siempre, había elegido el trabajo en vez de tomarse tiempo para relajarse, para hacer lo que quisiera y para divertirse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario