—Tengo que ocuparme de las invitaciones de esa merienda benéfica que voy a celebrar —dijo Ana, poniéndose de pie—. Que disfrutes del almuerzo, Pedro. Yo... espero que nos volveremos a ver en alguna ocasión, Lara.
Pedro observó cómo su madre se marchaba con una mezcla de sentimientos.
—Ojalá supiera lo que está pasando.
— Supongo que yo la he avergonzado —comentó Lara con una carcajada—. ¿Acaso no sabe tu madre que te acuestas con chicas?
—Yo no me acuesto contigo y lo sabes muy bien — le espetó él con tono amenazante. Entonces, se levantó—. Te llevaré a tu casa.
—Por el amor de Dios, yo sólo he dicho que... — protestó Lara cuando él la tomó del brazo.
—Vamos —musitó él.
Durante el resto del día, Paula estuvo pensando en la visita de Ana Alfonso. No dejaba de preguntarse qué habría querido decirle la madre de Pedro. Sin embargo, ya no importaba. Lo único que quería era hacer saltar la trampa para atrapar a Pedro y poder marcharse de Billings. Ya había desperdiciado mucha energía y mucho tiempo en un plan que apenas le reportaba credibilidad en su empresa. Juan se habría sentido avergonzado de ella por consentir que los asuntos personales interfirieran con los asuntos de trabajo. Además, Joaquín estaba aprovechado su ausencia para reforzar su posición en la empresa.
Lo telefoneó el domingo por la noche.
— ¿Vas a venir a la reunión mañana?
—Así es. Tengo los poderes y he estado hablando con los accionistas. Soy bastante optimista al respecto.
Paula esperaba que él no la vendiera, junto con Pedro, en la reunión. En ese sentido, tenía que confiar en su suerte.
—Yo me conformo con la capitulación —dijo—. Si podemos utilizar los votos para conseguir los contratos y obligar a Pedro a aceptarlo, estaré más que satisfecha.
—Yo creía que el motivo de todo esto era la absorción de Alfonso Properties.
—En realidad, ya no me preocupa demasiado, sobre todo si ello puede significar el sacrificio de la mitad de nuestros beneficios para conseguirlo. Lo que necesitamos de verdad son los derechos sobre los minerales y, por lo que he podido descubrir, Pedro tiene la confianza de sus accionistas. Aunque yo gane el control, no podré echarlo e instalar a mi gente. Además, su empresa está en una situación económica lo suficientemente buena como para resistir una OPA. Sus acciones alcanzan buenos precios en los mercados y la empresa es solvente.
—Veo que has hecho tus deberes. Sí, todo eso es cierto. Tendríamos que ofrecer veinte o treinta dólares por acción para comprar esa empresa. No sería una jugada muy inteligente en la situación actual.
—Estoy de acuerdo. Sin embargo, aumentando los contratos de minerales que tenemos en la actualidad, podríamos terminar con el déficit de la empresa y recaudar buenos beneficios.
— ¿Estás segura de que quieres seguir adelante con esto, Pau? —le preguntó Joaquín.
—No, pero he desperdiciado demasiado tiempo y energías para dejarlo ahora. Ya no se trata de una venganza, si eso ayuda. Ya no necesito tener la cabeza de Pedro Alfonso colocada en una pica. Sólo quiero los derechos que él tiene sobre los minerales.
—En ese caso, estoy seguro de que todo saldrá muy bien —dijo Joaquín, tras una pausa—. Estaré allí mañana. ¿Quieres que te lleve algo?
—No, gracias. Hasta mañana.
El día siguiente pasaba tan lentamente que resultaba insoportable. Paula salió al jardín, en el que el señor Gimenez y Franco estaban jugando con una pelota.
— ¿No te parece genial, mami? —le preguntó Franco, riendo—. El señor Gimenez me ha dicho que hay un parque cerca. ¿Podemos ir?
— Hoy no —respondió Paula sin sonreír—. Dentro de un par de días.
—Vaya... Bueno, está bien.
Franco no comprendía que su madre no podía arriesgarse a que lo viera nadie. Pedro no sabía nada sobre él. Tenía que encontrar el modo de sacarlo de Billings antes de que Ana revelara el secreto. Sin embargo, en aquel momento, tenía sus prioridades.
Miró el reloj. Joaquín llegaría en menos de una hora. Tenía cosas que hacer.
Subió a su dormitorio y preparó meticulosamente la ropa que iba a ponerse. Aquella noche tenía que estar muy elegante. A pesar de todo, se sentía como si tuviera las piernas de goma.
Cuando Joaquín llegó, el ambiente se hizo un poco más tenso, especialmente porque Tiny entró en el salón para ver quién había llegado.
—¿Por qué no haces una cinta de sombrero con ese bicho? —musitó Joaquín.
El señor Gimenez recogió a Tiny y se la colocó encima del hombro. Entonces, le dedicó a Joaquín una gélida mirada antes de marcharse con Franco para ayudarle a vestirse.
—No ha sido un comentario muy diplomático — comentó Paula.
—Odio a esa cosa —replicó Don antes de mirar su Rolex—. ¿No deberías estar vistiéndote?
— Supongo que sí. Resulta extraño... Uno persigue con encono algo que desea mucho y, cuando por fin lo consigue, sabe a basura.
Don la miró con curiosidad.
—No tenías elección. Alfonso la tomó por ti cuando se negó a cederte los contratos. He leído tu informe. Estoy de acuerdo en que sería improductivo económicamente tratar de conseguir esos minerales en otros estados, porque aquí en Montana todo resulta más accesible.
—Me sorprendes.
— Sé distinguir un buen negocio cuando lo veo. Tal vez tus motivos para empezar esto no fueron muy loables, pero tienes un buen olfato en los negocios. Alfonso Properties supondría una valiosa incorporación a nuestro conglomerado de empresas.
—Así sería.
En realidad, Paula no quería la empresa de Pedro. ¿Y Joaquín? Entornó los ojos. Tendría que vigilarlo muy cuidadosamente. Tal vez se lo debía a Pedro, aunque sólo fuera por los buenos recuerdos del pasado.
Se duchó y se cambió de ropa. Se vistió con un traje de seda hecho a medida de Guy Laroche en color azul claro, con una delicada blusa a juego. Se puso unos zapatos de cuero y se realizó un elegante recogido en el cabello. Cuando se miró en el espejo, quedó muy satisfecha con su apariencia.
Franco tambien llevaba puesto un traje. Cuando su madre se reunió con él en el recibidor, junto con el señor Gimenez y Joaquín el niño le dedicó una fría mirada.
— ¿Por qué me tengo que poner un traje, mami? — Musitó— Además, no quiero salir. Quiero ver la tele.
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