martes, 5 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 43

— Entonces, ya estabas embarazada, ¿verdad?
-Aquél era terreno peligroso. Tenía que andarse con mucho cuidado.
—Sí. Franco lo suponía todo para Juan.
— ¿Y para tí?
—Por supuesto. Para mí también. Es el motor de vida.
— ¿Te deja él mucho tiempo para el estilo de vida que llevas? Reuniones, viajes, conferencias, convencer a accionistas para que voten en favor tuyo... Eso lo hago yo todos los días, pero no tengo un niño del que ocuparme
—Te aseguro que no descuido en absoluto el cuidado de mi hijo.
—Llevas aquí más de un mes.
—Y he hablado con Franco todos los días por teléfono.
—Qué agradable para él.
—Mira, esto es justo lo que necesito —le espetó ella—. Un soltero diciéndome lo que tengo que hacer para criar a mi hijo.
—Si yo tuviera uno, me aseguraría que no creciera solo.
—¿Acaso estás insinuando...?
— ¿Cómo se llama el conejo?
— ¿Cómo dices? —preguntó ella, atónita.
—Quiero saber cómo se llama su conejo de peluche.
Paula  lo sabía, pero él la había turbado tanto que era incapaz de recordarlo.
—Bien, eso lo dice todo, ¿no te parece? —añadió, levantando una ceja.
—Mi hijo no es asunto tuyo.
—En eso estoy de acuerdo. El hijo de Juan Gonzalez es la menor de mis preocupaciones en estos momentos —afirmó él—. Mi madre quiere verte.
Ésa era la razón de su visita. No quiso ni siquiera pensar que Pedro había ido por cualquier otra razón.
— ¿Porqué?
—No tengo ni idea. Está en observación y le van a realizar pruebas al menos durante dos días más y quiere hablar contigo. Le dije que te lo preguntaría.
—No tenemos nada que decirnos —repuso ella.
—Ella dice que sí. Paula—dijo, mientras empezaba a trazarle líneas sobre el reverso de la mano—, dime lo que está pasando.
—No tiene nada que ver contigo —afirmó ella, retirando rápidamente la mano.
Pedro le atrapó los dedos entre los suyos y la miró a los ojos.
— ¿No quieres que vuelva a tocarte? Ahora que crees que me has derrotado, no sientes la necesidad de desearme. ¿Es eso?
Ella lo miró sin saber qué decir.
—No ha sido por eso —susurró. No quería que él pensara que se había acostado con él tan sólo para evitar que se enterara de que tenía intención de absorber su empresa.
El rostro de Pedro pareció perder tensión. Los dedos empezaron a proporcionar caricias. Los miró, sin apartar los ojos del anillo de compromiso que ella aún llevaba en la mano.
—Eras mía antes de que fueras de Juan. Te hice daño y lo siento. Supongo que tenías derecho a tratar de vengarte de mí.
Paula no lo sabía, y él no lo mencionó, pero el hecho de haberle dado un hijo a Gonzalez había sido la más sofisticada de las venganzas.
Le soltó la mano y se puso de pie. El fuego que le brillaba en los ojos pareció apagarse un poco.
—Ve a ver a mi madre, te lo pido, para que así ella pueda dejar de pensar en lo que sea lo que haya entre vosotras. Ella es lo único que me queda.
Paula cerró los ojos. No le gustaba la idea de tener que volver a ver a Ana, pero no iba a poder evitarlo sin levantar sospechas y, tal vez, sin empujar a Ana hacer algo desesperado.
—Muy bien —dijo ella—. Iré.
El rostro de Pedro reflejaba tanta amargura como el de ella tristeza. Recogió su sombrero y la miró con profunda intensidad.
—Supongo que te marcharás de Billings.
—Sí. Tengo que regresar a mi trabajo. Como tú has dicho, mi vida se compone de una reunión de negocios tras otra. Me ha resultado difícil ocuparme de mis asuntos desde aquí, a pesar de la tecnología.
—Creo que lo mejor será que le diga a la señora Dade que ya no vas a volver a trabajar en el restaurante —comentó él con sorna—. Debes de haberte reído mucho.
—Disfruté trabajando. Después de mis ocupaciones habituales, servir mesas ha sido como unas vacaciones.
—Yo creía que llevaba las de ganar, pero tú tenías todos los ases en la manga —susurró Pedro sin dejar de mirarle la boca.
—Tenía que conseguir esos contratos. Mis planes de expansión dependen de ellos.
—Hay minerales por todas partes. ¿Por qué no fuiste a Arizona por ejemplo a buscarlos?
—Porque tú no estabas allí —dijo ella con los ojos brillantes.
—Es verdad. En realidad, tú no ibas detrás de los contratos, sino que querías colocarme una cuerda alrededor del cuello. Crees que lo has conseguido, pero no sabes lo mucho que me apoyan mis accionistas y lo dispuesto que estoy a luchar para recuperar la confianza de los que me la han retirado. Me gusta la lucha. Si quieres mi empresa, ven a buscarla, pero prepárate a luchar.
—A mí también me gusta pelear. Juan me enseñó cómo hacerlo.
El hecho de que se mencionara al marido de Paula endureció el rostro de Pedro.
—Él tenía instinto asesino. Yo también, pero creo que tú no, Paula. Hace falta mucho más que tu apellido de casada para asustarme.
—Recuerda que tengo los poderes.
—Ya han cambiado de manos una vez —replicó él con voz arrogante—. En los viejos tiempos no competías conmigo. Dabas, no pedías.
—Los tiempos cambian.
—Ni que lo digas —afirmó él colocándose el sombrero—. No me rindo fácilmente y tampoco cedo. En estos momentos tienes las de ganar, pero me gustaría ver cuánto tiempo puedes aguantar así.
—Te enviaré una postal desde Chicago, Pedro.
— ¿Te vas a marchar inmediatamente? —dijo. Entonces, se acercó a ella con un gesto insinuante—. Quédate un poco más. Te llevaré al ático y haremos el amor sobre la alfombra.
—No quiero...
Se interrumpió cuando él le colocó la mano sobre un seno y empezó a acariciarle un erecto pezón con el pulgar. Inmediatamente, Pedro le cubrió la boca con la suya. Paula lo empujó, pero notó que estaba tan echada hacia atrás que estaba a punto de perder el equilibrio. Tuvo que agarrarse a él con fuerza para no caerse. Mientras tanto, Pedro la besaba apasionadamente, introduciéndole la lengua en la boca tan profundamente que Paula  no pudo resistirse a las chispas de electricidad que le recorrieron todo el cuerpo.
Pedro apartó la boca de la de ella y puso recta la silla.

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