martes, 5 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 44

—Eres mía —le dijo —. Siempre lo has sido y siempre lo serás. Corre mientras puedas, pero no vas a poder escapar. Esta vez no te dejaré marchar.
Con eso, se dió la vuelta y salió por la puerta. Lo había dicho en serio. Ni siquiera el niño lo disuadiría. Tenía a Paula en su poder y no iba a soltarla, le costara lo que le costara. Los últimos seis años habían sido un infierno por el que no iba a volver a pasar. Joaquín lo ayudaría a sacarla de su despacho para siempre. Entonces, Paula sería suya para siempre. Ya se preguntaría más tarde el lugar que ocuparía.
La risa de Franco resonó por toda la casa mientras el señor Gimenez y el niño bajaban por la escalera. Cuando entraron en la cocina, el señor Gimenez frunció el ceño al verla tan arrebolada.
— ¿Lo has echado? —le preguntó.
—Se marchó voluntariamente —respondió ella, levantándose—. Su madre ha preguntado por mí. Tengo que ir al hospital a verla. Lo he prometido.
— ¿Y qué crees que quiere su madre?
—No lo sé. Estoy casi segura de que tiene algo que ver con ya sabes el qué —añadió, sin mencionar el nombre de Franco— . No creo que se lo haya dicho, pero no puedo estar segura.
— ¿Y si se lo ha dicho?
—Tú mismo lo dijiste. Tendremos que encontrar un agujero. Sin embargo, tal vez no tengamos que llegar a eso. Primero, tengo que saber lo que tiene pensado Ana —comentó, mirando el reloj—. Se supone que Hamilton tiene que llamar esta mañana. ¿Puedes llamar a Joaquín en mi nombre y pedirle que interceda?
—Claro. —Gracias.
Paula le dio un beso a Franco y dejó que él señor Gonzalez le diera de desayunar mientras ella se iba a su dormitorio. Le quedaba un vestido que no se había puesto, uno estampado de seda. Se lo puso, se peinó y se calzó unos zapatos de tacón.
Decidió no pensar en lo que Pedro le había dicho. Aún se le notaba en la boca la huella de los labios y su sabor le turbaba aún el pensamiento. Pedro la deseaba. Eso no había cambiado. Sin embargo, no podía volver a entregarse a él. Tenía que sacar a Franco de Billings antes de que Pedro descubriera la verdad.

Ana Alfonso estaba sentada en la cama. Tenía muy mal aspecto. Al ver que Paula  entraba por la puerta, se incorporó en la cama.
—Gracias por venir —le dijo—. Por favor, siéntate.
Paula se sentó elegantemente en una de las sillas y levantó la barbilla. Tenía los ojos muy tranquilos.
—¿Qué es lo que quiere? —¿Se lo vas a decir a Pedro? —le preguntó Ana. —Le dije a él que le dijera que no tiene nada de lo que preocuparse. Y lo digo en serio. No. No se lo voy a decir. Está usted a salvo.
Ana se sonrojó y se miró las manos, que descansaban sobre la sábana.
— ¿Qué es lo que vas a hacer?
—Nada. Me marcharé a Chicago y usted podrá seguir con su vida.
— ¿Y la absorción?
—Necesito esos contratos —respondió Paula, sin pestañear—. Y los tendré, sea lo que sea lo que tenga que hacer.
Ana estudió a la joven con intensidad.
—Eres muy fuerte, ¿verdad?
—Sí, gracias a usted —le espetó—. Crecí muy rápidamente cuando tuve que marcharme de Billings. Verme en la calle, embarazada, con sólo veinteún años me hizo muy fuerte.
—He vivido con eso todos estos años —susurró Ana—. He visto cómo mi hijo se desmandaba cuando no estaba medio matándose a trabajar. He pensado mucho en ti y me he preocupado por tu hijo. Al final, conseguí olvidar en algunas ocasiones. Estaba... estaba aprendiendo a vivir con ello cuando regresaste.
—Los pecados acaban por pasarnos factura. ¿No es eso lo que se suele decir? —preguntó Paula.
Ana suspiró.
— Sí. Y los míos definitivamente me la han pasado. Sin embargo, estás haciendo que sea Pedro el que tiene que pagar. Deberías estar castigándome a mí y no a él.
— ¿No es eso lo que he hecho?
—Entiendo —dijo Ana, apartando la mirada.
—Los pecados de la madre los paga el hijo. La odiaba tanto... Vivía esperando el día en el que pudiera hacerle pagar lo que me había hecho. No pensaba en otra cosa. Cuando Juan murió, la venganza se convirtió en la chispa de la vida para mí, en lo más importante. ¡Me lo debe!
Ana apretó con fuerza las manos e hizo un gesto de dolor. Paula se detuvo un instante y respiró profundamente para tratar de recuperar la compostura.
—Perdí mi casa, mi seguridad, el único hombre del que he estado enamorada en toda mi vida. Perdí mi honor, mi reputación... ¡Lo perdí todo! Si no hubiera sido por Juan Gonzalez, podría haber perdido la vida.
— ¿Adoptó él al niño? —preguntó Ana.
—Sí.  Franco era la luz de su vida. En el certificado de nacimiento de mi hijo, él aparece como su padre — respondió. Se dio cuenta de que aquel documento era su salvavidas contra cualquier intento de los Alfonso por arrebatarle a su hijo—. A todos los efectos, mi hijo es un Gonzalez—añadió con gesto triunfante—, así que no tiene que preocuparse de que Pedro pueda descubrir la verdad. No se lo diré. Y usted no tendrá que hacerlo.
—Pensé que eso era lo que yo quería. Evitar que mis pecados quedaran al descubierto —dijo Ana—. Sin embargo, ¿te has parado a pensar en lo que ellos significan? ¿En lo que le estás negando a Franco?
—No se puede evitar. Es demasiado tarde.
—Pedro... Lo amaría con todo su corazón.
— Sí —susurró Paula con los ojos cerrados.
—Oh, Paula... Pensé que Pedro se olvidaría de ti. Estaba segura de que encontraría otra mujer, se casaría y tendría hijos. No me di cuenta de lo... de lo mucho que te necesitaba emocionalmente.
—En su caso, se trata más bien de atracción física. De obsesión física.
—No —afirmó Ana—. Ha durado demasiado tiempo para tratarse simplemente de eso. Se le refleja en los ojos cuando te mira, incluso cuando habla sobre ti.
—No lo comprende. Antes de la reunión, vino a mí y habló de su marido para así hacerme comprender que no quiere ninguna clase de compromiso. Me dijo que jamás ha querido estar casado o tener hijos. No cree que la fidelidad pueda existir.
Ana se quedó atónita.

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