—Él jamás me ha dicho a mí esas cosas.
—Usted es su madre. La quiere mucho. Siempre la ha querido. Sin embargo, me estaba diciendo la verdad. Yo sólo era una novedad para él. Sabía que yo no encajaba con su estilo de vida y jamás quiso casarse conmigo. En eso tenía usted razón. El compromiso sólo fue una tapadera para evitar que yo lo abandonara.
—Siente algo por ti —insistió Ana.
— Seguramente, pero yo no lo quiero. No pienso pasarme el resto de mi vida siendo utilizada como si fuera un objeto. Tengo mis propias responsabilidades y un hijo del que ocuparme. No deseo ser la amante de Pedro Alfonso.
Ana se sonrojó, pero no apartó la mirada.
— ¿Te casarías con él si mi hijo te lo pidiera?
—No —afirmó Paula, poniéndose de pie—. Él me ha arrojado de su vida en dos ocasiones. No tengo intención de darle la oportunidad de hacerlo en una tercera ocasión.
—Sin embargo, él no lo sabe. Paula, él no sabe que tiene un hijo, lo que yo he hecho...
—Ni lo sabrá. Señora Alfonso, la venganza es una estupidez. Alguien trató de decírmelo, pero yo me negué a escuchar. Quería vengarme de ustedes dos, pero ahora sólo quiero recuperar mi vida y seguir con ella lo mejor que pueda. Siento haberles puesto las cosas difíciles a usted y a Pedro.
—No me puedo creer que me estés pidiendo perdón después de todo lo que te he hecho.
—Tengo un hijo por el que sería capaz de hacer cualquier cosa para protegerlo, para evitarle sufrimiento. La... la comprendo.
—Sí —suspiró Ana—. Una madre sería capaz de hacer cualquier sacrificio por su hijo. Pedro era lo único que tenía. Y sigue siéndolo. Tal vez lo quise y lo protegí demasiado. Ahora, mis buenas intenciones me parecen muy egoístas, considerando el precio que él ha tenido que pagar por ellas. Tiene que saber lo del niño, Paula. Aunque me odie cuando sepa lo que hice. Tiene todo el derecho a saber que tiene un hijo.
—No se lo diré —insistió Paula—. Ya le he dicho que es demasiado tarde. No serviría de nada más que para trastornar la vida de Franco.
—Te puedo llevar a los tribunales —la amenazó Ana—. Hay pruebas para demostrar la paternidad.
—Sí, pero para realizarlas tienen que contar con mi permiso y no se lo daré. No dejaré que Pedro tenga a mi hijo. Ninguno de los dos quería tener nada que ver conmigo hace seis años. Ahora yo soy la que no desea nada.
— ¿Te parece justo castigar al niño por los errores que cometí yo?
—Usted no es la persona adecuada para hablarme de justicia —le espetó Paula.
—Muy bien. Tú puedes hacer lo que quieras, pero se lo voy a contar a Pedro.
Paula sintió que el miedo se apoderaba de ella. No quería admitir lo asustada que se encontraba. Además, aún existía la posibilidad de que Ana estuviera lanzando un farol.
—Haga lo que quiera.
Ana dejó escapar un suspiro. — ¿No crees que quiera decirle a mi hijo lo que he hecho con su vida por un amor exagerado? —Le preguntó la mujer—. Yo soy la mala de la película y aceptaré lo que me sobrevenga. Sin embargo, no consentiré que Pedro no sepa que tiene un hijo.
— ¿Y Franco? —Preguntó Paula—. ¿No se ha parado a pensar lo que va a hacer con su vida? Él cree que su padre es Juan Gonzalez.
—Franco tiene todo el derecho a saber quién es su verdadero padre, ¿no te parece? Tal vez, si un día descubre la verdad, te odiará por no habérselo dicho.
Paula ya había pensado en aquel detalle.
—No pienso perder a mi hijo.
—Nadie te está pidiendo eso. ¿No te das cuenta de que esto es tan difícil para mí como para ti? Pedro me va a odiar.
—Usted es su madre. No la odiará. Me odiará a mí. Le dará una razón más, aunque no la necesita.
—A ti no te odia tampoco —afirmó Ana, sorprendentemente.
—No conseguirá la custodia del niño.
—Hablas como si creyeras que él se irá a los tribunales en el momento en el que descubra la verdad sobre Franco. Paula, estoy segura de que mi hijo comprenderá lo que has pasado. No va a culparte de nada. Creo que ya se imagina el daño que te ha hecho. No te lo imagines tan malvado. Aunque sea mi hijo, no es una persona sin sentimientos.
Paula se miró el bolso. De nuevo, se sentía muy insegura, muy joven.
—Franco es lo único que tengo.
Los ojos de Ana se llenaron de lágrimas.
—Paula...
—Tengo que irme. Yo....
Paula se levantó y salió corriendo de la habitación, dando así a Ana la victoria en aquella batalla. No tenía fuerzas para seguir luchando.
Ana observó cómo se marchaba. No había querido disgustarla tanto. Existía la posibilidad de que se marchara y se llevara a Franco. No sabía lo que hacer. Pedro tenía que saberlo, pero con ello sólo iba a conseguir que Paula sufriera una vez más. Lo sentía. Su actitud hacia Paula había cambiado completamente a lo largo de las últimas semanas. No quería volver a hacer daño a Paula , pero no le quedaba elección. Tenía que decir la verdad. Si Pedro la odiaba por ello... Bueno, eso sería precisamente lo que se merecería. Al menos, conseguiría tener la conciencia tranquila y habría dado un paso para lograr enmendar las cosas.
Tomó el teléfono y marcó el número del despacho de Pedro.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Pedro había estado preocupado por la salud de su madre. Sin embargo, el pálido rostro que lo miraba desde la cama del hospital le hacía sentirse muy intranquilo. Ana parecía más débil que nunca, a pesar del hecho de que el médico acababa de darles los resultados de las pruebas y había declarado que Ana estaba muy sana y que se podía marchar a su casa.
Aiaiaiaayyy se viene el tsunami !!
ResponderEliminarAiaiaiaayyy se viene el tsunami !!
ResponderEliminarQué capítulos!!!! necesito leer los siguientes!!! Le contará toda la verdad Ana??? cual va a ser la reacción de Pedro???
ResponderEliminarNOOOOOOOOOOO Q PASO ??? SE LO DIJO???
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