miércoles, 6 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 46

—No te pedí que vinieras al hospital por esto — murmuró Ana, mientras Pedro la metía en el coche. Ya casi había anochecido cuando él fue a buscarla.
—No me ha venido mal —respondió él antes de arrancar el coche—. Me alegro de que no haya sido nada serio. Me habías asustado mucho.
—Fue una noche de muchas sorpresas —afirmó Ana, mirando por la ventana—. Imagínate, la pequeña Paula Chaves resulta ser la famosa señora de Juan Gonzalez.
—Y yo le di un trabajo como camarera —musitó Pedro—. Supongo que ella aún no habrá parado de reírse. ¿Ha venido a verte?
—Sí. Por eso... por eso te llamé a tu despacho.
-¿Y bien?
—Es una historia muy larga. ¿Podemos esperar hasta que lleguemos a casa?
—Como quieras.
Recorrieron el resto del trayecto hasta la elegante mansión en silencio. Durante el mismo, Ana trató de reunir el coraje suficiente para contarle lo que había hecho. Cuando Pedro la ayudó a salir del coche, las manos le temblaban considerablemente.
Hizo que el ama de llaves, la señora Dougherty, les llevara una bandeja con café al salón. Allí, se sentaron y esperaron que la mujer los sirviera antes de hablar.
—Si es por lo de los poderes, no tienes que preocuparte —le dijo Pedro cuando se quedaron a solas—. Paula no lo sabe, pero su propio cuñado está contra ella. La quiere echar de la empresa. Me ha ofrecido su cooperación para conseguir el control del resto de las acciones antes de que la junta tome una decisión sobre la absorción.
—Pero eso no es justo —comentó Ana, frunciendo el ceño—. Es una traición.
—Creía que eras la peor enemiga de Paula.
—En muchos sentidos, lo he sido —admitió ella, tras respirar profundamente. Entonces, miró a su hijo con los ojos llenos de tristeza y arrepentimiento—. Pedro he hecho algo muy malo.-Únete al club.
—Hablo en serio —afirmó ella, dejando la taza sobre la mesa—. Pedro, yo pagué a Facundo Pieres  para que robara ese dinero e implicara a Paula. Yo le di la combinación de la caja fuerte.
Pedro no pareció reaccionar en absoluto. Se limitó a mirarla fijamente.
— ¿Que hiciste qué?
—Yo le tendí una trampa —contestó Ana, tras tragar saliva—. Pedro,  tenía sólo vienteún años, era una ingenua y carecía de sofisticación...
— Yo no sabía que tenía vienteún años. No lo supe hasta que Facundo y tú se enfrentaron a ella aquel día. Ella me dijo que tenía veintecuatro años.
—No lo sabía...
—Cuando supe la verdad, me sentí un idiota. No tenía ningún derecho a hacerle daño del modo en que se lo hice. ¿Sabías que se marcharía?
—Me imaginé que así lo haría —admitió Ana, muy pálida—. Era una muchacha muy orgullosa y no se habría atrevido a pedirte ayuda cuando... cuando tú creíste las mentiras que Facundo y yo te contamos sobre ella.
—Ella no necesitaba ayuda, ¿verdad? Me imagino que tú le diste suficiente dinero como para poder escapar de la ciudad.
— Sí, pero me lo devolvió, junto con todos los regalos que tú le diste y yo nunca te lo dije. Todas las joyas están en uno de los cajones de mi cómoda.
— ¿Cómo pudiste hacerle eso, madre? —Le preguntó Pedro, incrédulo—. ¿Acaso no sabías el daño que yo le había hecho ya?
—Tenía miedo de que te casaras con ella. Que Dios me perdone. Yo quería una muchacha de la alta sociedad, alguien de buena familia, con educación, dinero y respetabilidad. Yo había sacrificado tanto para meternos en sociedad, para mantenernos allí... Pensé que te olvidarías de ella —concluyó, cerrando los ojos.
—Lo intenté, pero no pude hacerlo.
Ana vio el dolor que se reflejaba en los ojos de su hijo y sintió una profunda pena.
—Al final, casi no pude soportarlo. No podía dejar que acusaras a Facundo por miedo a que él pudiera contarte la verdad y le di un billete de avión para que se marchara antes de que tú pudieras interrogarle. Incluso entonces, tenía miedo de que fueras a ir detrás de ella.
—Y lo hice. Contraté detectives privados, pero pareció que ella se había desvanecido.
—Sí... Yo también contraté a varios detectives por mi cuenta —confesó, sonriendo cuando Pedro la miró sorprendido—. Me sentía tan culpable por lo que había hecho... No podía vivir sin saber si ella estaba bien, especialmente dadas las circunstancias —añadió. Entonces, respiró profundamente antes de continuar—. Pedro, cuando Paula se marchó de Billings, estaba embarazada.
Pedro se sintió como si se le cortara la respiración. Pareció que los pulmones se le paralizaban. Sintió el horror de aquellas palabras en cada célula de su cuerpo mientras miraba a su madre sin saber qué hacer. Embarazada. Paula estaba embarazada cuando se marchó. ¡Embarazada de su hijo!
Ana lanzó un gemido y enterró el rostro entre las manos.
—Perdóname, hijo —susurró—. ¡Pedro, perdóname! Debí de volverme loca. Jamás me perdonaré por lo que hice.
— ¿Acabas de decirme que la obligaste a marcharse sabiendo que estaba embarazada de mi hijo? —le preguntó él con voz ronca. Entonces, se puso de pie. Estaba muy pálido—. ¿Dejaste que se marchara así?
— ¡Tú me dijiste que no querías casarte ni tener hijos! —exclamó ella, temerosa al ver el odio que se reflejaba en el rostro de su hijo.
— ¿De verdad creíste que rechazaría a mi propio hijo? —le espetó. De repente, recordó el rostro de un niñito vestido con un pijama y arrastrando un conejito de peluche—. ¡Dios mío! El niño de Paula no es el hijo de Juan Gonzalez , sino que es el mío...
La realidad le resultaba imposible de soportar. No era de extrañar que Paula lo odiara. De repente, recordó lo mucho que el niño se parecía a él y se maldijo por no haber podido reconocer unos ojos y un cabello que eran idénticos a los suyos.

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