miércoles, 6 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 47

Ana se mostraba completamente derrotada.
—Sí... Es tu hijo.
Pedro  apretó los puños. Trató de hablar, pero las palabras se le ahogaron en la garganta. Se dio la vuelta y salió del salón sin mirar atrás. El cerebro le ardía por lo que acababa de averiguar.
Ana echó a correr hacia la puerta para detenerlo, aunque no pudo conseguirlo. No sabía lo que él era capaz de hacer. Tenía una expresión tormentosa en el rostro.
Pedro se montó en su Jaguar e hizo rechinar la grava al arrancar. No era capaz de pensar ni de sentir. Se sentía completamente insensible. Paula estaba embarazada de su hijo y su madre lo había sabido. La había acusado injustamente, la había hecho huir de la ciudad... En cuanto a él, su miedo al compromiso había contribuido a destruir la vida de la joven. Si hubiera tenido menos miedo a las cosas permanentes, tal vez Paula se habría sentido con fuerzas para decirle que estaba embarazada. Si ella lo hubiera hecho, se habría casado con ella enseguida a pesar de sus propios miedos. Sin embargo, ni siquiera había tenido la oportunidad de hacerlo. Ana se había asegurado de que Paula saliera de sus vidas. El destino la había colocado en manos de Juan Gonzalez.
Tenía un hijo que no lo conocía, un hijo que llevaba el apellido Gonzalez y que crecería como tal. Paula  no se lo había dicho. ¿Cómo podía culparla? Ella era la verdadera víctima de todo esto, la única que había sido sacrificada. Se la había apartado sólo porque su madre creía que no era lo suficientemente buena como para ser una Alfonso.
Salió a la autopista sin saber en realidad adonde iba. Tenía que asimilar lo que acababa de averiguar
¿Lo odiaría Paula? Dios sabía que tenía todo el derecho a hacerlo. Debía de haber planeado muy cuidadosamente aquella OPA contra su empresa, preparado todo para poderles tender una trampa sin que se enteraran. Habría funcionado si el cuñado de Paula  no hubiera estado tan sediento de poder. Él era la clave para la victoria de Alfonso Properties.
Recordó el aspecto que el niño había tenido aquella mañana en brazos de Paula. Era un muchacho de cabello claros con ojos como el terciopelo marrón. Sintió que algo se despertaba dentro de él al recordarlo. Jamás se había fijado demasiado en los niños. Acababa de darse cuenta de lo vacía que había estado su vida. Cuando escuchaba a sus ejecutivos hablar de sus hijos, de la rutina de la vida familiar, se sentía superior porque él era libre para hacer lo que quisiera. Sin embargo, a pesar del glamour y la riqueza de su estilo de vida, se encontraba completamente solo. El corazón se le había enfriado desde que Paula huyó. Él la había acusado de robo, de haberle dado una puñalada por la espalda cuando Paula estaba embarazada de su hijo y ni siquiera podía decírselo.
Lanzó un gruñido en voz alta y apretó con fuerza el acelerador. ¿Cómo había podido Ana haberle hecho algo así a Paula? A pesar de todo lo que le había dicho, del miedo que había tenido al compromiso, cuando Paula se marchó, se dio cuenta de lo que había perdido. A pesar de las pruebas, de la supuesta confesión de Facundo, no había logrado creérselo porque sabía lo mucho que Paula lo amaba.
Amor. Jamás le había dicho que la amaba. Sin embargo, cuando tenía a Paula gimiendo entre sus brazos, lo sentía. Lo que ella le daba a sus sentidos no tenía precio. Le hacía sentirse seguro y querido. No había querido llamarlo amor, sino que lo había etiquetado como obsesión y se había odiado a sí mismo por ceder, por sentirse prisionero de aquel éxtasis. Sin embargo, el modo en el que había arraigado en él era innegable. Durante seis años lo había mantenido preso en su embrujo y aún seguía así. Sólo tenía que mirar a Paula para saber que moriría sólo por tenerla. ¿Sólo deseo? No le parecía probable.
Tenía que hacer que Paula lo comprendiera. Tenía que demostrarle que sentía algo por ella, no porque fuera Pau Gonzalez y tuviera los suficientes poderes como para poder arrebatarle su empresa o porque tuviera dinero y poder, sino porque era la única mujer por la que había sentido algo y porque ella le había dado un hijo.
Tenía que haber algún modo de convencerla de que había cambiado. Ya no le asustaba el compromiso. Quería conocer a su hijo, aprender cómo se ejercía de padre. Sabía que Paula, a pesar de todo lo que le había dicho, lo amaba. Podía conseguir que ella lo perdonara si se esforzaba lo suficiente. El amor no moría... No podía morir. ¿Acaso no había sido Paula su mundo entero durante aquellos largos y vacíos años?
El corazón se le aligeró al considerar las posibilidades. Si mantenía la cabeza en su sitio, todo podría solucionarse. Por el momento, no podía pensar en su madre. Iba a pasar mucho tiempo antes de que pudiera perdonarla por los años que le había privado de Paula, de su hijo. En aquellos momentos, lo único que ocupaba su mente era llegar a casa de Paula todo lo rápidamente que pudiera para decirle lo que sentía y pedirle que le diera una última oportunidad.
El Jaguar ronroneó cuando tomó la última curva antes de bajar una colina. Sólo le faltaban unos minutos para llegar...
Seguía pensando cuando los faros de otro coche lo deslumbraron. Dio un volantazo, pero fue demasiado tarde. Las luces se transformaron en una terrible oscuridad y no vio nada más.
Ana Alfonso no hacía más que recorrer de arriba abajo el salón después de que Pedro se hubiera marchado de la casa. Tenía los nervios desquiciados porque no hacía más que preguntarse adonde se habría ido. Probablemente estaba de camino a casa de Paula, para hablar con ella. Ana no sabía cómo iba a vivir con el odio que su hijo había demostrado hacia ella después de saber la verdad. Sin embargo, había tenido que decírselo. Tal y como le había dicho a Paula, se lo debía a su hijo.
Tenía un pañuelo entre las manos. Seguía llorando. No lograba olvidar el gesto atormentado que se había reflejado en el rostro de su hijo. Habría dado cualquier cosa por poder dar marcha atrás en el tiempo y permitir que Pedro viviera su propia vida, pero era ya demasiado tarde. Había hecho tanto daño...
El timbre sonó. Normalmente, la señora Dougherty abría la puerta, pero Ana estaba poseída por una energía demasiado destructiva. Fue a abrir ella misma.
En la puerta, se encontró con dos policías de Billings. Los hombres la miraban con rostros serios y solemnes.
— ¿Es usted la señora Ana Alfonso? —le pregunté uno de ellos.
—Sí. ¿Se trata de Pedro? —Replicó ella, retorciéndose las manos—. ¿Le ha ocurrido algo a mi hijo?
—Me temo que sí, señora —contestó el segundo oficial—. Es mejor que venga con nosotros. La llevaremos al hospital.

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