miércoles, 6 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 48

— ¿Está vivo? Por favor, díganme si está vivo — preguntó frenéticamente. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras tomaba su bolso y seguía a los dos agentes.
—Lo estaba cuando la ambulancia llegó al lugar del accidente, señora. Estoy seguro de que harán todo lo que puedan.
Ana entró en el coche patrulla. Pedro iba a morir. Aquello también sería culpa suya. Lo había dejado marchar, tras haber hecho pedazos su tranquilidad. ¿Habría tenido razón Paula al decir que era mejor guardar silencio? ¿Habría matado a su propio hijo?
Una retahíla de preguntas la atormentó durante el trayecto al hospital. Entró en Urgencias y permaneció de pie, temblando, mientras la persona responsable de admisiones realizaba preguntas sobre Pedro. Las respondió casi sin pensar, esperando que alguien le dijera algo sobre su hijo.
El doctor Bryner, el médico que estaba a cargo de su hijo, salió para hablar con ella cinco minutos después. Se sentó a su lado en la sala de espera.
—Pedro está vivo —dijo, aliviando sus peores temores—. Sin embargo, está en estado crítico. Tiene la espina dorsal muy contusionada y heridas internas, además de ligamentos rasgados y daños en los nervios. Ni siquiera sé por completo la complejidad de sus heridas. Si quiere dejarnos un número de teléfono, la llamaremos en cuanto sepamos algo.
—No me voy a ir a casa. No podría.
— ¿Tiene algún pariente a quien podamos llamar para que venga a estar con usted?
Ana negó con la cabeza. Entonces, se dio cuenta de que sí tenía familia. Más o menos. Pedro tenía una familia, aunque acabara de conocer su existencia.
—Sí, sí —respondió.
El señor Gimenez  acababa de meter a Franco en la cama. Paula estaba sentada en la cocina cuando el teléfono empezó a sonar.
—No hagas caso —le dijo él—. Vete a la cama.
— Seguramente es  Joaquín—respondió ella con una sonrisa—. No me puedo permitir ignorarlo —añadió, levantando el auricular—. ¿Sí?
— ¿Paula?
Parecía Ana Alfonso.
—Sí —repuso con un cierto tono de curiosidad.
—Paula, ha habido un accidente —le susurró la voz con voz apesadumbrada—. Estoy en el hospital. ¿Puedes venir, por favor?
Paula sintió un peso en el estómago. Se sentó y trató de tomar aire.
— ¿Ha sido Pedro? ¿Ha muerto?
—No —respondió Ana—, pero... pero está muy grave. Por favor, ¿puedes venir?
—Estaré allí dentro de cinco minutos —dijo Paula. Rápidamente colgó el teléfono—. Es Pedro. Ha tenido un accidente.
—Vestiré a Franco y te llevaremos. No hay discusión — añadió el señor Gimenez cuando vio su gesto—. Toma un abrigo.
Paula  obedeció automáticamente, dejando que el señor Gimenez  se hiciera cargo como siempre ocurría si las emergencias. Casi sin que se diera cuenta, él los sabía llevado al hospital. Allí, en la sala de espera, estaba una llorosa Ana esperando noticias.
Paula  dejó a Franco a cargo del señor Gimenez mientras ella se sentaba al lado de Ana.
— Dime lo que ha ocurrido —le pidió. Entonces, muy pálida, escuchó todos los detalles.
—Tenías razón. No se lo debería haber dicho — susurró Ana muy triste—. No quise escucharte... ¡Mi hijo se va a morir y eso también va a ser culpa mía!
—No digas eso. No se va a morir —afirmó Paula.
—Está tan mal herido...
Paula se levantó y pidió hablar con el médico.
—Soy el doctor Bryner —le dijo el médico, presentándose mientras le daba la mano—. ¿Es usted amiga del señor Alfonso,  señora Gonzalez?
—Una amiga de muchos años —replicó ella—. ¿Qué se puede hacer?
El médico le dio una explicación abreviada de las lesiones que sufría Pedro y los resultados que habían dado las primeras pruebas, que eran mucho peores de lo que había imaginado en un principio.
— Se necesita operar inmediatamente, antes de que su estado se deteriore. Tenemos un cirujano ortopédico, pero a él le parece que lo que el señor Alfonso necesita es un neurocirujano.
— ¿Quién es el mejor especialista en ese campo?
—El doctor Miles Danbury, de la clínica Mayo.
— ¿Puede conseguir que venga él a operarlo?
—Si usted se puede permitir sus honorarios y conseguirme un avión privado, sí.
—Llámelo ahora mismo.
Paula  reflexionó sobre la importancia de lo que el dinero y las influencias pueden conseguir. En pocos minutos, Danbury había accedido a hacerse cargo del caso y Paula lo había organizado todo para que un avión de Gonzalez fuera a recogerlo para transportarlo a Billings.
—Acaba de mejorar sus posibilidades de volver a andar en un setenta por ciento —dijo el doctor Bryner.
—Lo que necesite. Lo que sea, doctor —afirmó Paula—. El dinero no es un problema.
—La mantendremos informada. ¿Estará usted con la señora Alfonso?
—Sí. Gracias.
Ana había contemplado la escena con un profundo asombro en los ojos.
—Eres muy eficiente —dijo la mujer—. Yo... yo no habría sabido qué hacer.
—Estoy acostumbrada a tener que organizar las cosas —respondió Paula—. Se trata simplemente de hacer lo que hay que hacer.
—Yo habría podido pagar los honorarios, pero lo del avión privado... Por supuesto, te lo pagaremos todo —añadió con frío orgullo.
—Pedro es el padre de mi hijo —replicó Paula, igual de tensa—. Yo tengo tanta culpa como tú en ese accidente.
—Estaba furioso conmigo —susurró Ana con tristeza—. No lo culpo. Sin embargo, tal vez no quiera volverme a hablar.
—Estoy segura de que lo superará con el tiempo — afirmó Paula—. Yo estoy en el mismo barco que tú. No sólo le he ocultado la existencia de su hijo, sino que también he tratado de despojarle de su empresa. Creo que, en puntos, tengo algunos más que tú.
—Si se pone bien, no me importará que me odie — susurró Ana con una sonrisa.
— A mí tampoco —admitió Paula.

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