En aquel momento, Franco se le acercó y le colocó la mejilla sobre el regazo.
—Mami, quiero irme a casa —musitó.
—El señor Gimenez te llevará, tesoro —dijo ella suavemente, besándole la cabeza.
—No, el señor Gimenez no puede —musitó el guardaespaldas—. ¿Cómo si no vas a regresar tú a casa?
—No me voy a marchar hasta que termine todo esto —afirmó Paula—. Estaré aquí mientras dure. Llévate a Franco y acuéstalo y duerme tú también un poco. Tendrás que cuidarlo mientras yo no esté a su lado.
— ¡No puedes quedarte en una sala de espera toda la noche! —explotó el señor Gimenez.
—Claro que puedo —le espetó Paula—. No me voy a marchar hasta que no sepa cómo está. Hasta que no sepa que se va a poner bien.
— ¡Mujeres! —bufó el guardaespaldas.
— ¡Hombres! —Replicó ella—.Márchate.
—Muy bien —suspiró él—. Espero que todo vaya bien.
—Y yo también —observó Maite. Entonces, abrazó a Franco y le dio un beso en la mejilla, consciente del modo en el que Ana estaba mirando al niño—. Que duermas bien, mi cielo. Mamá estará en casa por la mañana, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —repitió el niño. Entonces, dejó que el señor Gimenez lo tomara en brazos y se lo llevara.
—Es un niño precioso —dijo Ana suavemente.
— Sí. Por dentro y por fuera. Tampoco está mimado —añadió—. No tiene juguetes carísimos ni ropas de diseño ni lujos que yo considere innecesarios. Quiero que crezca comprendiendo que el dinero no lo puede comprar todo.
—Bien hecho —replicó Ana—. Ojalá alguien me lo hubiera dicho a mí cuando era más joven. Acabo de darme cuenta de la maldición que puede suponer el dinero.
—O, en este caso, una bendición —dijo Paula, pensando en las posibilidades que Pedro tenía por su dinero.
— Se pondrá bien, ¿verdad? —preguntó Ana, muy preocupada—. ¿Crees que sobrevivirá?
—Por supuesto que sí —afirmó Paula con firmeza.
Permanecieron sentadas en silencio, tomando café y hablando sin ganas. Horas más tarde, casi al amanecer, llegó el neurocirujano. Como había dormido en el avión, estaba completamente despejado. Le dio la mano a Paula y a Ana y se fue directamente para hablar con el doctor Bryner sobre el caso. Menos de dos horas después, llevaron a Pedro al quirófano. Estaba sometido a sedación profunda. Sólo se había despertado durante unos segundos, pero había estado demasiado dolorido como para poder hablar. Al verlo tan magullado y herido, Ana no había podido contener las lágrimas. Paula había tenido que contenerse para no llorar. Tenía que ser fuerte.
Sin poder evitarlo, recordó el día en el que murió Juan. Permaneció mirando por la ventana, sumida en sus recuerdos.
Había estado lloviendo. Estaba sentada al lado de la cama de Franco, porque el niño tenía un ligero resfriado y estaba preocupada por él. No había dejado de pensar en la dulzura de los momentos vividos la noche anterior. Por una vez, Pedro Alfonso no había ocupado sus pensamientos y se había dado cuenta de la suerte que tenía de tener a alguien como Juan para que cuidara de ella. Hacía ya tres años que se había marchado de Billings, casi tres años desde que Juan y ella se casaron. Había aceptado ya el hecho de que no volvería a ver a Pedro y que su única lealtad estaba al lado de Juan. Estaba tratando de sacar lo mejor de su situación, pero ya no era tan difícil como había imaginado. No había pensado en Pedro durante una noche entera. Aquel hecho, le había dado esperanza de que al fin podría encontrar la felicidad con Juan.
Cuando el teléfono empezó a sonar, sonrió. Seguramente era Juan, que la llamaba desde el aeropuerto para despedirse de ella. Dejó a Franco jugando en la cama y echó a correr hacia su dormitorio para contestar el teléfono.
La voz que le habló desde el otro lado de la línea de teléfono era Joaquín. No quiso hablar con ella. Le pidió que le dijera al señor Gimenez que se pusiera al aparato.
Atónita, Paula llamó a su guardaespaldas y esperó mientras el rostro estoico del señor Gimenez reflejaba primero sorpresa y luego pena. Colgó.
Como si hubiera ocurrido el día anterior, Paula recordó con todo detalle la secuencia que se produjo a continuación.
—Siéntate —le había dicho el señor Gimenez. Entonces, se arrodilló ante ella y le tomó las manos entre las suyas—. Sé fuerte. El avión de Juan acaba de estrellarse. Ha muerto.
Al principio, no había logrado comprender las palabras. Se había quedado mirando fijamente al señor Gimenez.
— ¿Que se ha muerto?
—Sí, Pau. Lo siento mucho...
En aquel momento, la angustia la sumió en un mundo de insensibilidad absoluta. Empezó a gritar cuando por fin consiguió darse cuenta de lo que había ocurrido. El señor Gimenez la tomó entre sus brazos y trató de calmar su pena. Ella estuvo llorando hasta que estuvo completamente agotada. Entonces, el señor Gimenez la llevó a la cama y la arropó como si fuera una niña, dejándola tan sólo el tiempo suficiente para ir a llamar al médico y comprobar cómo estaba Franco.
Los largos y terribles días que se produjeron a continuación fueron como una pesadilla. Joaquín y el señor Gimenez la apoyaron constantemente hasta el día del entierro y el de la lectura del testamento. Ni siquiera eso le produjo una gran impresión. Había perdido a Juan justo cuando estaba empezando a amarlo. No le parecía justo. Tenía la impresión de que su vida estaba destinada a no ser otra cosa más que una interminable tragedia. Y, ya en el presente, existía la posibilidad de que perdiera también a Pedro.
Ana le tocó suavemente el brazo y, cuando ella se dio la vuelta, la mirada que vio en sus ojos la asustó.
— ¿Te encuentras bien? —le preguntó suavemente.
—Estaba recordando el día en el que murió Juan. Me sentía... así. No creo que pueda seguir viviendo si Pedro muere —susurró, mirando a Ana con ojos asustados.
Ana leyó en su mirada la profundidad de sus sentimientos y no supo qué decir. Amaba a su hijo, pero hacía una eternidad desde la última vez que había amado a un hombre. Su esposo le había hecho tanto daño... Sin embargo, no le había importado nunca, no como el otro hombre... Sus rasgos se suavizaron al recordar el adorado rostro que aún turbaba sus sueños. Ella había amado también en una ocasión con toda la pasión que Paula sentía por Pedro y comprendía perfectamente cómo se sentía.
—Saldrá adelante —le dijo—. Lo sé.
Paula respiró profundamente y desvió la mirada. Se sentía algo avergonzada. No confiaba mucho en Ana y temía haber revelado demasiado sobre sí misma. Regresó a su asiento y tomó la taza de café. Estaba frío, pero el gusto amargo la reanimó un poco. No podía ceder ante la debilidad. Tenía que ser fuerte por el bien de Franco.
No se permitiría pensar sobre cómo sería la vida si Pedro moría en el quirófano. Su orgullo, su venganza, su necesidad de devolverle el sufrimiento que él le había causado... Todo pasó a un segundo plano. El pasado no importaba cuando el presente podría arrebatarle al único hombre que había querido de verdad. No se atrevía a pensar en el futuro. Si Pedro moría, ni siquiera lo tendría.
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