martes, 5 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 42

Paula había tratado de conseguir que Joaquín se quedara a pasar la noche, pero él insistió en regresar a Chicago para una reunión muy importante que tenía a la mañana siguiente. «Menos mal», pensó Paula. McGee se podría ocupar de vigilarlo cuando estuviera en Chicago. Ella no deseaba su compañía más de lo que su cuñado deseaba la suya.
El señor Gimenez había dejado la limusina estacionada frente a la casa. Ya no había necesidad de fingir.
Franco seguía dormido cuando Paulase levantó de la cama a la mañana siguiente para preparar el desayuno.
—Deberías traerte una doncella —le dijo el señor Gimenez, mientras se tomaba un trozo de beicon—. Estás fuera de lugar en la cocina.
Ella lo miró con una sonrisa en los labios. Él también parecía estar fuera de lugar en la cocina, con sus vaqueros y una camiseta color caqui. Sin embargo, al menos él sabía cocinar mejor que ella.
—Hacemos lo que podemos —le recordó ella. Sacó una bandeja de galletas del horno y se sentó a la mesa. Como él, iba vestida con unos vaqueros y una camiseta, aunque ya eran de diseño—. Tómate una galleta.
El señor Gimenez tomó una justo en el momento en el que alguien empezó a llamar muy insistentemente a la puerta trasera.
—Yo abriré —dijo el señor Gimenez .
Cuando abrió la puerta, Pedro le dedicó una fría mirada y entró en la cocina. Arrojó el sombrero sobre la encimera y se sentó.
Paula estaba completamente atónita. Ni siquiera era capaz de hablar. No había esperado volver a ver a Pedro, y mucho menos en su propia casa, después de lo ocurrido el día anterior.
—Ponte cómodo —le espetó.
— ¿Acaso no lo he hecho siempre? —le replicó él. Frunció el ceño al ver que el señor Gimenez se sentaba con su habitual imperturbabilidad y seguía desayunando—. ¿Interrumpo algo?
—Sólo el desayuno. Toma un plato si quieres comer algo —le dijo Paula. Para irritación del señor Gimenez, lo hizo—. ¿Cómo está tu madre?
—Saldrá adelante. Gracias a Dios, no ha sido un infarto.
—Me alegro.
— ¿Qué diablos está pasando entre ustedes dos? — Preguntó él, directamente, sorprendiendo a Paula—. Jamás he visto desmayarse a mi madre, pero anoche se quedó más pálida que la muerte después de... sorpresa. ¿Qué está ocurriendo entre ustedes que hace que te tenga tanto miedo?
—Nada que debiera preocuparla. He renunciado a las venganzas. Son demasiado agotadoras.
— Siento escuchar eso. Estaba deseando que empezaran los fuegos artificiales cuando trataste de arrebatarme mi empresa.
— ¿Acaso no crees que pueda hacerlo? —preguntó ella.
—No, pero puedes intentarlo.
—Gracias por darme permiso. Tú creaste una especie de monopolio sobre esos minerales en contra del consejo de tu abogado y de sus socios. Y lo hiciste por razones muy poco comerciales.
—Por supuesto —afirmó él—. No comprendía por que Juan Gonzalez se tomaba tantas molestias por enfrentarse a mí. Al menos no lo comprendí hasta anoche. Yo no hago favores a mi enemigo.
—El enemigo te ha superado en esta ocasión, Pedro. Yo diría que te he agarrado desprevenido.
—En eso tienes razón. Me distrajeron bastante — replicó. Paula se sonrojó vivamente.
— ¡Mami!
La alegre voz resonó en la cocina al mismo tiempo que Franco, vestido aún con su pijama, entraba en la cocina arrastrando un conejito de peluche por una oreja y frotándose los ojos.
—Mami, me he despertado —murmuró, apoyándose contra ella.
Ella se lo colocó tiernamente en el regazo y lo abrazó con una sonrisa en los labios.
Pedro  tuvo que refrenar su mal genio por ver al hijo de Juan Gonzalez y el amor que se reflejaba en el rostro de Paula al abrazarlo. En aquel momento, empezó a comprender lo que había rechazado. No le gustaba sentirse el segundo en nada.
Gimenez vio la expresión que se había reflejado en el rostro de Pedro. Celos. Conocía muy bien aquel gesto.
Pedro lo miró con los ojos relucientes. Gimenez le disgustaba más de lo que envidiaba al niño. Le molestaba verlo sentado con Paula, viviendo con ella.
—Tiny está en la lavadora, señor Gimenez —murmuró el niño—. ¿Quiere que lo bañemos?
—Vamos a ver —afirmó el guardaespaldas. Tomó al niño en brazos y le dedicó una sonrisa—. Iré a vestirlo —añadió, refiriéndose a Paula.
—Gracias.
Pedro observó cómo se marchaban. Pensó que, si hubieran seguido juntos, tarde o temprano Paula  y él habrían tenido un hijo. Tal vez habría sido como aquel niño. Estuvo a punto de hacer un gesto de dolor. Dudaba que tuviera un niño alguna vez. El matrimonio no estaba en su vocabulario.
A pesar de todo, no dejaba de preguntarse por que Paula no le habría dicho que tenía un hijo. Se sentía traicionado, herido.
— ¿Quién es Tiny? —preguntó.
—La iguana del señor Gimenez —respondió ella—. ¿Por qué has venido?
—No tengo otro sitio adonde ir —contestó Pedro.
Paula decidió que no podía dejar que aquellas palabras le afectaran. No se atrevía. Ella le miró las manos, largas y de piel blanca. Recordó las caricias que aquellas manos le habían proporcionado.
—Siento mucho lo de tu madre.
—Saldrá adelante. ¿Amaste a tu marido?
—Sí. Resulta muy fácil amar a las personas que se preocupan por ti.  Juan me trató como a una reina. Me mimó, me protegió y me amó con todo su corazón. Estaba tan solo...
—Él te escondió, ¿verdad? Por eso no pude encontrarte.
—Así es. Supongo que podría haber solucionado fácilmente los cargos que pudiera haber habido en contra de mí, pero, tal y como mi cuñado dijo en una ocasión. Juan tenía sus motivos para no querer que tú me encontraras. Habría hecho cualquier cosa para mantenerme su lado. A Pedro no le sorprendió. Apenas si podía apartar los ojos el rostro de ella.

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