jueves, 7 de mayo de 2015

Atrapada en este Amor: Capítulo 54

Si las sospechas que tenía Paula sobre su cuñado no habían estado fundadas, la llamada que Joaquín  le realizó a última hora de la mañana las habría reforzado por completo.
—Escucha —le dijo después de que ella le contara el accidente que había tenido Pedro—, ¿por qué no te tomas unas semanas de vacaciones? No hay nada urgente y yo puedo ocuparme de lo que surja. Enviaré a Foster de viaje en mi lugar y me ocuparé en tu nombre de la absorción de Alfonso Properties.
—Estoy en mejor posición para ocuparme de la absorción que tú —le recordó ella secamente.
—Bueno, por supuesto. Está la proximidad y todo esto —admitió él—. Yo me refería al papeleo.
Ella casi podía leerle el pensamiento.
—Muy bien. Sin embargo, quiero que me informes de cualquier decisión que tomes y yo me ocuparé de la correspondencia. Nell me la puede enviar diariamente y yo le enviaré las respuestas por fax.
—Muy bien —dijo Jaoquín  tras una pausa y un suspiro.
— Joaquín , gracias por tu apoyo. Sé que Juan estaría muy contento con el modo en el que me estás apoyando
—Te llamaré muy pronto —afirmó él, aclarándose la garganta—. Cuídate.
—Tú también.
Paula colgó el teléfono y se rió. No se podía confiar en nadie. Henry maldeciría a Joaquín  desde la tamba si supiera el modo en el que estaba tratando de controlar la operación.
Sin embargo, mientras se dirigía a la cocina para prepararse un café, reconsideró su postura. Después de todo, Joaquín  era el hermano de Juan y tenía todo el derecho a estar resentido porque la mitad de la empresa estuviera en manos de una mujer muy joven. Juan estaba muy enamorado de ella, pero Joaquín no. La empresa era su vida entera.
Frunció el ceño y se tomó el café. En aquel momento Franco y el señor Gimenez, que habían estado jugando con la pelota en el jardín trasero, entraron en la cocina.
— ¡Hace mucho frío, mami! —Le dijo Franco—. Sin embargo, el señor Gimenez y yo hemos entrado en calor muy rápido con la pelota de rugby.
—Se le da muy bien —afirmó el señor Gimenez, revolviéndole el cabello al muchacho—. Es un campeón.
— ¿Puedo tomar café, mami? —le preguntó Franco.
— ¿Qué te parece si te tomas un chocolate caliente? El señor Gimenez se tomará uno también.
—Al señor Gimenez le encantaría, pero lo preparará él — dijo el guardaespaldas—. Tú siéntate. Has tenido una noche muy larga.
— ¿A quién fuiste a ver? —le preguntó Franco.
—A un hombre que está en el hospital —respondió Paula, sin saber qué decir.
— ¿Se va a morir?
—No. Espero que no.
Estuvieron unos minutos en silencio, mientras el señor Gimenez  preparaba el chocolate caliente.
—Deja de preocuparte y tómate el café —le recomendó el señor Gimenez—. ¿Vas a regresar esta noche al hospital?
—No lo sé.
Como había llegado la hora de comer, el señor Gimenez insistió en preparar unos bocadillos. A pesar de que no tenía mucho apetito, Paula accedió. El teléfono empezó a sonar casi cuando hubieron terminado. Fue Paula quien contestó.
— ¿Paula? —Dijo Ana—. Sólo te llamo para saber si quieres regresar al hospital conmigo.
—Sí —respondió ella sin dudarlo—. Haré que me lleve el señor Gimenez.
—No hay necesidad. Yo pasaré a recogerte de camino. Llegaré dentro de unos quince minutos.
—Estaré preparada.
Colgó, muy sorprendida de que la madre de Pedro quisiera su compañía. Mientras se vestía, pensó que la mujer estaba tan disgustada que sólo quería verse acompañada y no tenía a nadie más.
Franco la acompañó a la puerta cuando Ana llegó. Ella lo observó atentamente mientras el niño se despedía de su madre.
—Es tan guapo —suspiró Ana con una sonrisa—. Está muy grande para su edad, ¿no?
—Sí, creo que va a ser muy alto.
Franco miró con curiosidad a la recién llegada, sin mostrar timidez alguna.
—Me llamo Franco Gonzalez—dijo—. Tengo cinco años.
— ¿De verdad? —le preguntó Ana, muy emocionada—. ¿Y vas al colegio?
—Sí, señora.
—Lo llevo a una guardería de Chicago —dijo Paula.
—Nuestra Iglesia Presbiteriana tiene un buen programa para niños —sugirió Ana.
—Si nos quedamos lo suficiente, tal vez lo considere. ¿No deberíamos marcharnos?
—Sí, claro. Ha sido un placer conocerte, Franco— concluyó Ana, estrechando la mano del niño.
Paula  intercambió una mirada con el señor Gimenez y siguió a la mujer hasta su coche.
— Franco Gonzalez... —susurró Ana, mientras arrancaba el coche. No le gustaba que su nieto hubiera crecido con otro apellido. No culpaba a Paula, pero el dolor que sentía era terrible—. ¡Oh, Paula!
—Juan me acompañó durante todas las etapas de mi embarazo —le dijo Paula—. Estaba en la sala de partos cuando me sacaron a Franco. Me ayudó a cambiar pañales y a darle biberones. Quería a Franco mucho más de lo que me quería a mí. Si alguien se merecía ser padre, ése era Juan Gonzalez. Sí, por supuesto que le puse a Franco su apellido. En aquel momento, no creí que volvería a ver a Pedro. Estaba decidida a pasarme el resto de mi vida con Juan.
— Sí, lo sé. Hiciste lo único que podías hacer. Simplemente me duele que Franco haya crecido hasta ahora sin conocer a su verdadero padre.
—Tal vez Pedro no quiera saber nada de él. ¿No te has parado a pensar en eso?
—No. Pedro adora a los niños.
—A los de otras personas.
— ¿Acaso no crees que vaya a querer a su propio hijo?
—En realidad, no conocí nunca a Pedro, más que de un modo muy evidente. Él no me dejó acercarme nunca a él.
—No le ha dejado nunca a nadie. Supongo que eso es por su padre. Mi esposo era un maestro en lo de encontrar debilidades y atacarlas. Jamás quiso tener un hijo, pero yo me quedé embarazada de Pedro y le supliqué que se casara conmigo, que le diera a mi hijo un apellido.

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