La besó con una lenta ternura y la ayudó a vestirse. Aquella había sido la primera de muchas tardes y noches de pasión. Pedro jamás hablaba de sus sentimientos ni hacía promesas. En su ingenuidad, Paula asumía que él había dado por sentado que se casarían, dado que ella se le había entregado. No sabía que Pedro sólo deseaba su cuerpo y no una vida juntos.
Le tocó llorar cuando, después de que él la llevara al ático y se pasara la tarde haciéndole el amor tras visitar el campo de batalla de Custer, le acusó de haberla convertido en su amante, de avergonzarse de ella y de hacerla sentirse barata.
Tal vez la conciencia había empezado a molestar a Pedro porque le dijo que se casarían si eso era lo que ella quería. Sin embargo, no lo dijo de corazón ni mencionó anillo alguno. No quiso pronunciarse en una fecha a pesar de que la llevó a su casa y le dijo a su madre que Paula y él estaban pensando casarse. Ana murmuró algo y se marchó de la sala. Pedro le prometió que su madre cambiaría de opinión y la llevó a su casa.
Tres días más tarde, por la mañana temprano, Ana la telefoneó y le pidió que fuera a la casa. Incluso le envió un coche. Paula pensó que se trataba de una rama de olivo. Sus esperanzas se desvanecieron pronto, cuando entró en la casa y se encontró a una fría Ana esperándola.
— Sé que estás embarazada, pequeña vagabunda — le susurró Ana con furia—. Sin embargo, no te va a servir de nada decírselo. Vas a tener que romper con él.
Entonces, acompañó a la asombrada Paula a otra sala. Pedro estaba dentro, acusándola con la mirada. Facundo Pieres, que trabajaba para Pedro, estaba también presente. Paula, que sentía simpatía por Facundo, le dedicó una sonrisa. No había hablado nunca con él, pero había ido en algunas ocasiones al café en el que trabajaba. Aquella sonrisa ayudó a colocarle la soga alrededor del cuello.
Con voz fría, Ana Alfonso comenzó las acusaciones contra ella. Ella había ayudado a Facundo a robar una caja fuerte que Pedro tenía en su despacho. Paula había estado allí con frecuencia y había visto cómo Pedro la abría. Empezó a palidecer al darse cuenta de que estaba condenada de antemano. Trató de protestar, pero Pedro la hizo callar con una brusca voz que le causó tanto impacto como la bala de una pistola.
La señora Alfonso repasó el robo con pelos y señales e implicó a Facundo en la conversación. Él dijo que Paula le había ayudado a entrar en el despacho de Pedro con una llave maestra que habían realizado tomando una impresión en cera de las llaves que Pedro tenía en el bolsillo. Además, añadió que Paula y él habían tenido relaciones íntimas en muchas ocasiones, cuando Pedro estaba fuera de la ciudad.
Ana no le dio oportunidad a Paula de defenderse. Reveló la edad que la joven tenía en realidad, operando que Pedro no supiera la verdad y explicó que Paula había estado presumiendo en el café del novio tan rico que tenía y de cómo iba a camelarlo para casarse con él.
Cuando Paula trató de defenderse, Pedro la interrumpió con los ojos llenos de furia y los puños apretados por la rabia y los celos. Le dijo que no era más que una zorra y que quería que saliera inmediatamente de su vida y que se llevara a su amante con ella. Además, prometió que iba a hacer que la arrestaran por robo para que se pudriera en la cárcel.
Por fin comprendió qué habían significado las amenazas de Ana. Aunque le dijera a Pedro que era inocente, él jamás la creería. Ni siquiera se atrevió a decirle lo del niño porque seguramente pensaría que era de Facundo.¿Cómo podía haber sido tan cruel Ana Alfonso con alguien a quien no conocía?
Salió huyendo. Le dolía tanto que Pedro hubiera creído todas aquellas mentiras... Antes de que pudiera salir por la puerta trasera, Ana Alfonso la alcanzó y le colocó un puñado de billetes en la mano para que se marchara de Billings. Prometió contener a Pedro para que pudiera escapar, pero tenía que recibir la promesa de que jamás regresaría. Si lo hacía, la arrestarían con toda seguridad.
Paula estaba histérica y asustada. Tenía miedo de que Pedro llamara a la policía. Decidió que tenía que huir. Dejó que la limusina la llevara a su casa y allí, no le dijo nada a su tía. Se limitó a darle un beso y a recoger sus cosas. Prometió que escribiría muy pronto y que lo explicaría todo. Antes de marcharse, envolvió los regalos de Pedro y el dinero que Ana le había dado en un paquete y le pidió a su tía que se lo enviara a Pedro. Entonces, se marchó a la estación de autobuses y tomó el primero que se marchaba, que casualmente se dirigía a Chicago. Allí, el destino le tendió una mano y le cambió la vida.
Abrió los ojos y miró el techo. El círculo se había completado. Su vida había empezado allí y terminaba allí. Tal vez Pedro no volviera a andar. Eso no importaba, porque ella lo hubiera aceptado de cualquier manera, pero la amargura y el remordimiento eran pobres cimientos para una relación. La pena lo era aún peor. Cuando él volviera a estar bien, ella podría empezar a enfrentarse a sus sentimientos.
Además, estaba Franco. No sabía cómo iba a reaccionar Pedro al saber que tenía un hijo. Podría ser que culpara a Ana y a ella o que se culpara a sí mismo por aquellos seis años de la vida de Franco que se había perdido. También existía la posibilidad de que, fiel a lo que había dicho de no querer niños, rechazara a su hijo por completo.
Paula cerró los ojos y trató de relajarse. Tendría que enfrentarse a aquellos problemas cuando surgieran. Mientras tanto, era Pau Gonzalez y no podía dejar de trabajar sólo porque tuviera los nervios destrozados. Tenía trabajo que hacer.
El trabajo le hizo pensar en Joaquín. Frunció los labios y sonrió. Su cuñado estaba tratando de hacerse con la empresa de su hermano y con la de Pedro al mismo tiempo. Bien. Tal vez Joaquín tenía derecho a quedarse con Tennison International, pero no iba a conseguirla sin tener que luchar.
Si el desafío era lo que iba a conseguir que Pedro se levantara para pelear, lo mismo le ocurría a ella. De repente, se sintió preparada para afrontar todo lo que el destino le pusiera en su camino. En silencio, dio las gracias a Juan, quien le había enseñado cómo salir adelante.
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